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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 01 de abril de 2021

Cristos

Me habría gustado cubrir la vida de Jesús aunque soy de dura cerviz para entender parábolas. Me habría visto en aprietos para agarrar la noticia por donde era.

Le habría preguntado si fue cierto que entre los 12 y los 30 años anduvo por India, Nepal y el Tíbet.

Sobre ese período los evangelistas callan. San Lucas (2:40) suelta este etéreo párrafo: “El niño crecía, se fortalecía y se iba llenado de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él”.

Paramahansa Yogananda, en su libro “La segunda venida de Cristo”, le da credibilidad a este sabático de 18 años de Jesús narrado en los evangelios apócrifos, uno de ellos atribuido al apóstol Tomás.

Yogananda también escribió “Autobiografía de un yogui”, el libro que solían regalar en sus mejores días dos antípodas en ingenio y en saldo bancario: un tal Steve Jobs y este aplastateclas.

¿Cómo habría dado la noticia de la muerte de Jesús? Me habría anticipado a Don UPO, célebre cronista judicial de El Colombiano:

“Ese muchacho Jesús, hijo de José, carpintero incumplido, y de María, ama de casa, un revolucionario de apenas 33 años que se sobregiró en amor y que lo puso todo patas arriba, fue crucificado hoy por inamenos romanos que vieron amenazado su reinado. Lo llamaban para amar y estaba ocupado dándose”.

Conocí a Jesús en las procesiones de Semana Santa de mi infancia. En pleno viacrucis, me veo domando zapatos nuevos trepando la loma que da a la iglesia de San Cayetano.

Pero el Cristo de todas mis vidas, es el Corcovado, de Río de Janeiro. Lo que más me tramó de sus mil toneladas de peso es su abrazo y la enigmática sonrisa de Mona Lisa que nos regala.

También conozco los cristos que esculpió el maestro Arenas Betancourt. Mejor le suelto los trastos de narrar a María Elena Quintero, su esposa:

“Cristo salió de los labios de la abuela de Arenas y permaneció en su obra por siempre. Era la imagen del ser sacrificado, como un Prometeo, lo que le impactaba.

Cristo fue una aparición cuando él era estudiante en el seminario de Yarumal. A las 6 de la tarde le daban una vela para reemplazar la luz eléctrica, pero Arenas sólo la encendía cuando había tallado en la esperma un cristo. Su fascinación era ver cómo se derretía la imagen.

Cada noche se convencía de que ya había encontrado a Cristo, no desde la religiosidad, como debía ser en aquel seminario, sino desde la plástica. Por eso se voló de allí un día y se fue a hacer otros cristos, los suyos, a través de los cuales expresaba su propia versión americana de nuestra religiosidad.

Arenas ejecutó muchos cristos en pequeño formato con su autorretrato en el pecho. Durante su cautiverio, se dibujaba en el pecho de un cristo mutilado. Arenas fue su propio cristo”

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