Por JOSÉ ANDRÉS ROJO
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Enero de 1958, Witold Gombrowicz está tumbado en una playa de Necochea, estirado al sol, ahí en la costa de la provincia de Buenos Aires. El escritor polaco observa que sobre la arena “pululan laboriosamente” unos escarabajos. Se da cuenta entonces de que cerca del alcance de su mano uno de ellos yace patas arriba. “Lo había volcado el viento”, anota en su diario, y movía desesperadamente sus patitas. “Yo, el gigante”, apunta Gombrowicz, “contemplaba esa agitación... y, tendiendo la mano, lo saqué de su suplicio”. El escarabajo salió zumbando.
Enseguida Gombrowicz ve un poco más lejos otro escarabajo en circunstancias similares, panza arriba, agitando las patitas. “¿Has hecho feliz a uno y el otro...