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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 26 de enero de 2022

Cruje y se raja el establecimiento

Mientras el escritor y pensador mejicano Enrique Krauze destaca la urgente necesidad de los consensos políticos a través de la razón y del diálogo, en Colombia las divisiones y sorderas de quienes tienen más analogías ideológicas que distanciamientos y divorcios se agudizan. Todos los pueblos latinoamericanos, sostiene el intelectual mejicano, “son expertos en desprestigiarse a sí mismos”, hecho que se comprueba en Colombia en esta lucha política por el poder presidencial de hermanos transitoriamente separados, que insisten en dividirse para abrirle camino a los populistas de izquierda. Y esa sórdida actitud está poniendo en riesgo la seriedad y la esencia de la democracia.

En América Latina, la democracia “está en cuidados intensivos y atraviesa momentos muy delicados”. Pasa por “crisis de gobernabilidad aumentada por procesos crecientes de polarización y fragmentación política”, según sostiene, en reciente informe, el Instituto Internacional para la Democracia. Y refiriéndose concretamente a Colombia, señala: “Es una de las democracias que, junto a Chile, tiene hoy uno de los niveles más bajos de participación electoral” y en donde los riesgos son más altos “si el proceso (electoral) adquiere más altos niveles de polarización y confrontación”.

Esa baja participación, unida a la fragmentación del centro y las derechas, pueden en las urnas condenar al país a caer en un régimen de extrema izquierda. La volatilidad de aquellos partidos y la anemia de sus fuerzas electorales ponen en peligro el vigor y la continuidad de la democracia, el menos malo de los sistemas de gobierno conocidos. Gira dentro de una proliferación tan pintoresca como peligrosa de aspirantes presidenciales, algunos de los cuales han atravesado por repetidas mutaciones ideológicas, por cambios súbitos de partidos, que hacen muy divertida la tragicomedia. Una función melodramática que puede convertir el régimen de libertades políticas y económicas en un montaje de tragedia griega.

Pero además de estar anarquizadas las fuerzas de los partidos democráticos, son ingenuas. Olvidan que en política, como decía un exdirector del diario madrileño ABC, “ni hay hombres de paja, ni se hacen testamentos a favor de nadie”. Con candidez sueñan que haciendo el papel de idiotas útiles para favorecer la candidatura de la extrema izquierda compran su propio seguro de vida para conservar, en caso de tragedia electoral, sus prerrogativas y sus influencias. ¡Qué equivocados están! Ignoran que cuando el populismo llega al poder, cargado de resentimientos y envidias acumuladas, caen las máscaras para mostrar que no hubo herencia alguna testamentada ni memoria juramentada. Tanta inocencia la arrollan y humillan el paso de las horcas caudinas. Que lo digan las víctimas cubanas de los Castro.

Mientras Petro avanza como único candidato del populismo, aglutinando la extrema izquierda con sus banderas revanchistas y mete en su morral a militantes desencantados o arribistas de los viejos partidos políticos que alguna vez fueron vigorosos, el establecimiento sigue rajándose. Dividido y cansado, marcha hacia el abismo. Si cae, de él no saldrá fácil  

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