Todavía no encuentro ninguna mujer que escriba como ella. Probablemente me dirán que esto es debatible porque a las personas nos pasa lo mismo que a las obras de arte: cada una tiene un valor peculiar y todo es relativo.
Carlos, el vendedor de flores de la esquina remueve cada tarde los pétalos marchitos de sus rosas y las jóvenes del café cercano siguen tostando los granos. Desde el balcón veo llegar los huéspedes del hotel o cómo el cielo se va cubriendo de tonos naranja en los días de sol. Y en esta mezcla de rutinas y vestigios de novedad semanal, aparece la escritora argentina Leila Guerreiro.
A ella la descubrí hace unos años a la entrada de un consultorio médico. Yo había renunciado temporalmente a ese trabajo de corresponsal que me llevaba...