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Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 20 de marzo de 2022

Cuidar, observar, medir

Si no se puede medir, no es importante; si no se puede medir, es prescindible. Con ese axioma en mente, el análisis de la vida social se reduce a números y todo lo que no pueda trasladarse a códigos numéricos deja de tenerse en cuenta. Por esta vía se estableció una ruta inversa a la que propone el título de esta columna: medir, observar, cuidar. Solo se cuida lo que se mide. Si el lector cree que este es un sesgo peligroso, hay otros más comunes y conducentes a la confusión de los propósitos y los valores de una sociedad.

Tomemos el caso más protuberante y discutido en las últimas décadas, el del producto interno bruto o PIB. La economista y ejecutiva Diane Coyle viene llamando la atención en los últimos años sobre la insuficiencia del PIB como medida de progreso económico de un país. Métricas alternativas existen. La señora Coyle menciona una propuesta de 2009 para incluir los activos naturales y ambientales —es decir, el largo plazo— formulada por un equipo dirigido por los premios nobel Joseph Stiglitz y Amartya Sen, y una norma reciente de Naciones Unidas (marzo, 2021) para tener en cuenta las variables de sostenibilidad (“GDP’s days are numbered”, Project Syndicate, 16.12.21). El exministro de Hacienda y fundador de Fedesarrollo Rodrigo Botero propuso hace poco que se evaluara el desempeño económico por “la inflación y el nivel de empleo”, o sea, “el costo del mercado y las condiciones laborales” más que por el PIB (“Economía casera”, EL COLOMBIANO, 03.03.22). Todo esto sin mencionar la falacia de agrandar la torta antes de repartirla, sometida a examen con una fórmula que corregía el PIB con un indicador de desigualdad.

Economía aparte, pensemos, por ejemplo, en una de las dos funciones primordiales del Estado, la protección de la vida. Desde el extinto Observatorio para la Equidad Social recogimos hace veinte años la idea de darle preeminencia a la tasa de homicidios. Esa medición tiene variantes más sutiles, como el cálculo de las pérdidas en cuanto a esperanza de vida o la incidencia del homicidio por barrios o comunas. Lo mismo aplica para la relevancia que tiene hoy el seguimiento de las tasas de mortalidad y morbilidad por accidentes de tránsito o la muerte en accidentes laborales. Si la valoración del derecho a la vida fuera asumida seriamente, estos fenómenos masivos atraerían la atención de quienes copan la voz en los espacios públicos.

Definir qué queremos cuidar, qué es lo que realmente importa, para dedicarnos a observarlo y atenderlo (sea posible o no medirlo) es lo indicado. A contraluz, una sociedad puede ser juzgada por lo que observa. ¿Importa más el movimiento de la bolsa que las fluctuaciones en el precio de la papa? ¿Importa más el resultado anual del PIB que el de las pruebas de evaluación educativa PISA? También un gerente, un medio de comunicación, debieran hacerse sus respectivas preguntas  

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