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Activismo y tecnocracia no son dos extremos opuestos, no son conceptos excluyentes. Necesitamos tender puentes entre los dos.
Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho
En el reciente debate sobre los constantes cambios en el gabinete ministerial se han puesto de moda algunos términos que se están usando de manera descalificadora: que el gobierno se llenó de activistas, que deberían priorizar a los tecnócratas, que el activista no sabe, que el tecnócrata no siente. Yo mismo, en una entrevista reciente, usé la primera frase y, al verla convertida en titular, quedé contrariado por el mensaje errado que da.
El activismo, entendido como la militancia apasionada por una causa colectiva, es una práctica loable que expresa un interés por lo público y que constituye una forma efectiva de construcción de capital social y de ciudadanía. Es un síntoma positivo de vitalidad democrática que debe valorarse. No siempre tiene la razón, pero le da vida, color y voz al ejercicio ciudadano. Yo me considero activista de varias causas, porque milité activamente en varios grupos en Medellín, en los que aprendí y sentí cosas que nunca me brindó la academia; por eso entiendo mi participación en política como una forma de activismo.
La tecnocracia, por su parte, se refiere a la priorización de la técnica en los asuntos públicos, a la toma de decisiones basadas en evidencias y estudios. Es un logro de la Modernidad, un reconocimiento al desarrollo científico que permite darle método al manejo de algo tan complejo como una sociedad. No es infalible, pero genera confianza. Por eso invertimos en educación, ciencia y tecnología, por eso buscamos fortalecer la educación superior, por eso nos preocupa la fuga de cerebros. Mis estudios y mi experiencia profesional me dieron un rigor, unas bases y un método científico sin los cuales mi ejercicio político sería superfluo.
El problema actual es que se están usando estos términos como antónimos: o se es activista o se es técnico. Grave error. Esta reducción casi caricaturesca pretende que el activista es un ignorante lleno de entusiasmo y que el tecnócrata es un oficinista con diplomas, pero sin corazón. Y no es así. En realidad, el mundo del activismo está lleno de personas cuyos estudios o experiencias profesionales alimentan, con rigor técnico, la movilización ciudadana; entre los tecnócratas, a su vez, encontramos gente apasionada que eligió profundizar en algún tema justamente porque es militante de esa causa y cuyo conocimiento no proviene simplemente de estudios sobre temas abstractos sino de su contacto con problemas tangibles de la sociedad.
El error del presidente Gustavo Petro no está en rodearse de activistas sino en que muchos de estos carecen de la experiencia técnica y administrativa para manejar asuntos complejos; el error está en que algunos de estos desprecian abiertamente el conocimiento científico y se quedan en el papel de animadores de tribunas, prefiriendo aplausos y likes antes que la solución de los problemas que exigen sus cargos.
Activismo y tecnocracia no son dos extremos opuestos, no son conceptos excluyentes. Necesitamos tender puentes entre los dos. Los problemas públicos que enfrentamos no se resolverán tan solo con consignas creativas, movilizaciones simbólicas y discursos utópicos; pero tampoco se resolverán simplemente con bases de datos y ecuaciones diferenciales. El ejercicio de lo público requiere cabeza y corazón.