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El mejor Clásico

Las barras populares comprendieron la oportunidad y asumieron el compromiso histórico.

25 de noviembre de 2025
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  • El mejor Clásico

Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho

El domingo pasado vivimos, entre colores y cánticos, una nueva versión del mejor clásico del país. No lo digo por regionalismo, lo digo porque el clásico paisa enfrenta a los equipos con las aficiones más fieles y con mayor despliegue de creatividad y recursos a la hora de celebrar su pasión. Lo digo porque es el único clásico regional del país (y uno de los pocos en Suramérica) que aún brinda la posibilidad de reunir a ambas hinchadas, una particularidad que merece elogios y cuidados.

No siempre fue así. Hasta hace diez años, ante la incapacidad de comprender y gestionar la rivalidad de las hinchadas locales, la administración municipal del momento optó por el camino fácil: empezó por segregar físicamente a los aficionados a través de vallas y cordones policiales y terminó por prohibir el ingreso de una de las hinchadas al clásico paisa. Fue una confesión de derrota, un mensaje a la sociedad que hablaba de la incapacidad de convivir en medio de las diferencias, una señal a los aficionados que daba a entender que no podíamos compartir el máximo escenario de la ciudad.

Por fortuna no nos quedamos callados: desde el barrismo y el periodismo, desde la academia y la política, muchos alzamos la voz para proponer una alternativa, para expresar la importancia simbólica del Clásico en una ciudad que se ha empeñado en romper barreras. Sobre ese tema hice mi primera campaña política y llegué al concejo de Medellín con la misión de cambiar el enfoque en que la administración municipal abordaba el fenómeno de la pasión por el fútbol. Y lo logramos.

El alcalde Federico Gutiérrez me escuchó, se convenció de la necesidad de cambiar de paradigmas y tomó la decisión de regresar al Clásico con las dos hinchadas. Las barras populares comprendieron la oportunidad y asumieron el compromiso histórico. Hubo críticas y escepticismo, algunos policías estuvieron en desacuerdo, varios de mis colegas en el concejo municipal expresaron su rechazo, periodistas y aficionados se mostraron preocupados. En el primer Clásico tras la decisión hubo una riña en las tribunas, un momento de total tensión para quienes habíamos luchado por entender el barrismo como un movimiento social lleno de oportunidades. El disturbio no pasó a mayores, pero quedó la sensación de que no seríamos capaces; aún recuerdo un grupo grande de hinchas rodeándome, señalándome y recriminándome, decían que era mi culpa, que todo lo malo que pasara sería mi responsabilidad.

No claudicamos: el alcalde se mantuvo firme, las barras ratificaron sus compromisos y la institucionalidad rodeó la decisión. En cada Clásico se mejoraron las estrategias y los episodios de violencia se redujeron drásticamente. Un año después construimos y aprobamos la política pública de Cultura del Fútbol (la primera del país) y hoy tenemos el mejor clásico de Colombia en términos de colorido, fútbol y convivencia.

El Clásico paisa encierra una metáfora para el país: no tenemos que renunciar a nuestras diferencias, esconder nuestras convicciones, ni disimular los colores que nos mueven; sólo tenemos que aprender a estar en desacuerdo, celebrar la diversidad de pensamiento y respetar unos acuerdos básicos para poder seguir compartiendo y construyendo una nación que ya está cansada de peleas.

Se viene tres clásicos más y es claro que tenemos que cuidarlos pues son parte de la transformación de la ciudad y del ejemplo que le damos al país. Somos capaces.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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