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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 02 de junio de 2022

Dante

No tenía nombre, pero lo llamamos Dante debido a su cara de escritor martirizado. Cuando llegó a la finca parecía recién llegado del infierno. Era un amasijo de huesos y pelo. Comió con un hambre acumulada de varios meses. Más tarde lo llevamos a revisión y el veterinario se extrañó de que hubiera sido capaz de comer cuido: le faltaban todos los dientes. Dijo que era el gato más viejo que había conocido. No supimos si estaba perdido o si lo habían abandonado. Nunca más se fue de la finca. Ganó peso y amor, puedo asegurar que conoció la comida húmeda y, por consiguiente, el paraíso. Vivía adormilado, la poca energía vital que tenía se le iba en algo tan sencillo como respirar. También reservaba una parte para el ronroneo, nada le gustaba más que lo acariciaran. Podía pasarse el día entero en la misma posición, mirando hacia un punto impreciso que solo él era capaz de ver. Estuvo cinco meses con nosotros, en los cuales dejó una cantidad apabullante de pelos.

Hace unos días, cuando recibí la noticia de su muerte, yo estaba fuera del país visitando a unos amigos. No podía parar de llorar y fue incómodo porque ni yo misma era capaz de explicar mis sentimientos hacia un animal que había estado con nosotros tan corto tiempo. Finalmente entendí que el gato me había mostrado muchas cosas que yo necesitaba ver; por ejemplo, que uno puede dejarse ayudar sin perder la independencia y que nadie es tan invencible como quisiera serlo, por muy siete vidas que tenga. Puso en mi radar un tema al que le tengo pavor: la vejez. Ahora sé que no es solo difícil para quien la padece, sino también para quien la presencia. Duele mucho ver apagarse a los seres amados. Nadie parece estar preparado pese a que todos, eventualmente, llegaremos al mismo lugar. No hay finales fáciles y la mayoría de las veces tampoco hay tiempo para despedidas. El significado de amar también debería ser permitir que se vaya quien tenga que irse.

Otra cosa que entendí es que en cada muerte que uno llora están incluidas todas la muertes anteriores. Es como si arrastráramos el mismo dolor de muerto en muerto y no perdiéramos la oportunidad de llorarlos una vez más. Mis lágrimas, entonces, no eran solo por Dante, eran por todas las mascotas que he perdido, eran por los amigos, por mi padre, por mi hermano, por mis abuelos. Son también por las muertes que aún no han ocurrido, pero que ya empiezo a temer, quizá porque cada vez que se apaga una vida, se enciende una alarma recordándome que la muerte nos acecha a todos sin importar en qué parte del trayecto nos encontremos.

Creo que es hora de aceptar la muerte como parte natural de la vida. Hace poco caminé junto a un indígena kogui durante tres días para llegar a Ciudad Perdida. Al sentirme tan lejos de lo conocido le pregunté qué pasaba cuando alguien de su comunidad se enfermaba gravemente, a lo que él respondió con naturalidad: “No pasa nada, simplemente se muere” 

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