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Lina María Múnera Gutiérrez
Columnista

Lina María Múnera Gutiérrez

Publicado el 22 de agosto de 2021

Del dolor ajeno

Hay una viñeta antigua de Jaume Peruch, ilustrador gráfico catalán de mirada crítica, irónica y lúcida, que ofrece una curiosa perspectiva sobre la forma como contemplamos y vivimos el dolor. En ella, un profesor sienta cátedra en un aula y transmite el siguiente mensaje: “Existen dos tipos de dolor: el propio, que es un dolor insoportable, y el ajeno, que es un dolor exagerado”.

Pese a este humor mordaz, la realidad a veces nos sacude de forma perversa. ¿Cómo abstraerse del dolor? ¿Cómo fingir indiferencia cuando las imágenes golpean en la retina? Sí, puede que sean ecos de tierras lejanas, pero el terror se entiende sin necesidad de proximidad. Contemplar a mujeres desesperadas en Afganistán que entregan a sus hijos a soldados desconocidos para que los saquen del infierno que presienten; ver a madres haitianas que literalmente pelean por comida para llevar a sus familias, que ya no aguantan más miseria tras el terremoto y la tormenta. Es imposible no estremecerse frente a estos hechos. Y, sin embargo, por puro instinto de supervivencia, por salvaguardar algo de la poca paz interior que aún nos queda, preferimos no pensar en lo que hemos visto o leído.

Un estudio de la Universidad de California, publicado por la revista Science hace más de diez años, concluyó que las diferencias que hacían que el dolor físico y el del alma se consideraran cosas distintas no existen desde el punto de vista neurológico. O sea que un gran sufrimiento puede generar un dolor físico semejante que tiene la misma estructura funcional en el cerebro. Puede que esa sea la forma racional de explicar el por qué nos solidarizamos con el dolor ajeno, pero a la vez nos recogemos dentro de nuestra propia caparazón para no pensar demasiado en lo que está ocurriendo fuera.

Otros científicos, esta vez de la Universidad de Londres, aseguran que lo mejor para reducir el dolor es debilitar el procesamiento de la información sensorial confundiendo al cerebro. ¿Pero eso cómo se pone en práctica cuando la realidad golpea de manera tan directa? Tal vez aplicándole cinismo al asunto. Pensando que aquello que ocurre en esos lugares remotos no tiene que ver con este día a día que nos devora. Que probablemente todo sea una exageración de los medios que buscan vender tristezas ajenas. Que estas cosas trágicas le ocurren solamente a otros y nunca a nosotros. O que tanto dolor, el de los otros, es sólo una exageración, tal y como lo decía ese personaje de Peruch al principio de estas lineas

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