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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 12 de enero de 2021

Delirantes y trastornados

En octubre pasado, en este mismo espacio, analizábamos la inevitable desbandada de áulicos de Donald Trump una vez este perdiera las elecciones y decíamos que valía la pena tener presente el nombre de todos aquellos que festejaron sus atrocidades, aún cuando, al ver el mundo arder, negaran que alguna vez hicieron parte de esa camarilla.

Tres meses después, con las consecuencias de su discurso de odio a la vista del mundo entero, con la imagen del Capitolio en Washington tomada por sus enloquecidos seguidores y cinco muertos y docenas de heridos, no sorprende la corrida acelerada de antiguos aliados para desmarcarse del líder enloquecido. Quedan a su lado, rezagados, aquellos que confunden la lealtad con la complicidad. Y no solo en su país.

La idea del trumpismo como avanzada de la ultraderecha internacional tiene un enorme eco en Colombia. En nuestra política, históricamente plegada al Partido Republicano estadounidense. Se vio en noviembre, de manera peligrosa y patética, cuando funcionarios del actual gobierno y senadores del Centro Democrático expresaron abiertamente su gusto porque el xenófobo y racista repitiera mandato.

Aún hoy, cuando el liderazgo geopolítico no sale de su asombro por la escapada hacia delante de un presidente trastornado, políticos de nuestro partido gobernante -como la senadora María Fernanda Cabal- refuerzan su apoyo al delirante multimillonario y dan mensajes ambiguos sobre la violencia como resultado de la angustia popular e insisten en un fraude inexistente. Sería muy distinto al análisis si la turba que entró al Capitolio ondeara la bandera de un partido de izquierda o tuviera consignas que reivindicaran un mayor respeto por los derechos humanos o propusiera un cambio para mejorar algún programa social.

Es fácil -casi un juego infantil- encontrar incoherencias en aquellos que nos gobiernan. Su moral se mueve al vaivén de sus intereses, sea el aumento de su propio salario, la glorificación de un gobierno violento o la defensa de la “libertad de expresión” cuando Twitter expulsa a Trump, a pesar de que ellos mismos celebran el despido de un columnista que los critica.

Luego darán explicaciones y ajustarán las palabras para que digan lo que ellos no dijeron. Pero hay momentos, como este, en los que quedan expuestos. Momentos diagnósticos de su hipocresía. Y lo tendremos presente, y recordaremos sus múltiples volteretas, para que no se nos engañe más con esas risitas bufonescas de vallas publicitarias

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