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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 20 de agosto de 2021

Desintoxicación cerebral

Estoy aprovechando un viaje a Italia para visitar a mis papás, después de más de dos años, y para hacer una desintoxicación cerebral. Los últimos dos meses han estado marcados por el trabajo intenso (gracias a Dios), de proyectos emocionantes y también por una amigdalitis que, desafortunadamente, tuve que tratar con antibióticos. Por eso, decidí priorizar en este viaje mi salud, entendida como el fortalecimiento y la expansión de mi energía vital. Bajo la supervisión de una amiga apasionada, además de experta, por el bienestar intestinal, me estoy concentrando en reconstruir mi microbiota. Además, en estos días mi alimentación está basada principalmente en verduras y frutas, evitando los carbohidratos simples (¡renunciando con sacrificio hasta a la pasta y la pizza!) y reduciendo las proteínas. Solo han pasado algunos días y ya me siento mejor, con más claridad mental.

La mayor lucidez que estoy experimentado también me hizo notar los elementos que pueden ofuscar mi mente, porque me desenfocan y desconcentran, como, por ejemplo, las notificaciones que aparecen en la pantalla de mi teléfono celular. Empecé a volverme consciente de cómo cada alerta no solamente era motivo de distracción, afectando mi productividad, sino que también consumen muchas de las reservas energéticas, que ya son limitadas, de mi corteza prefrontal, o sea, de aquella parte del cerebro predispuesta a analizar, planear, resolver problemas, crear. Decidí, entonces, como parte de mi protocolo de desintoxicación cerebral, eliminar todas las notificaciones; ¡qué descanso y qué bienestar inmediato!

Ayer en la madrugada, mientras llegaba a la cima de un monte, consideré la posibilidad de salirme de todos los grupos de WhatsApp que no están estrictamente ligados a mi trabajo o a relaciones primarias (como lo es la familia), porque estos mensajes también drenan la energía de mi cerebro, la que necesito (y sería mejor empleada) para proyectos que son importantes para mí, como leer, estudiar, escribir. Además, muchos de los mensajes que recibo tienen que ver con la coyuntura política (¿les pasa lo mismo?), lo que despierta pensamientos negativos, que son un virus que corroe al cerebro, también drenando la energía, que sería empleada mejor para lo que de verdad es prioritario, en lugar de apegarse a emociones negativas. Por eso, durante este fin de semana, me saldré de muchos grupos de WhatsApp. Al fin y al cabo, se trata de no ser víctimas de las circunstancias, de malos hábitos o de convenciones sociales, sino de recordar que somos dueños de nuestra vida; se trata de dejar de vivir en automático y de hacerlo de manera más consciente. Es decir, significa tener claridad sobre aquello a lo queremos dedicar nuestra energía y nuestro tiempo.

En medio de esta experiencia personal, me atrevo a pensar que quizás todos como sociedad necesitaríamos también una desintoxicación cerebral, sobre todo en la víspera de una campaña presidencial que va a ser cáustica. ¿Qué tal si adoptamos un ayuno (por lo menos intermitente) de las redes sociales?, ¿Qué tal si nos salimos de conversaciones en WhatsApp que no son esenciales? Probar para creer

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