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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 12 de agosto de 2022

Despacio

En el colegio y en la universidad yo era lento. Siempre era uno de los últimos que entregaban los exámenes porque me gustaba resolver las preguntas despacio y después me gastaba el resto del tiempo rectificando cada cosa, releyendo para saber si decía lo que quería decir. Mi lentitud me atormentaba, pero no soportaba la idea de entregar algo que luego me llenara de vergüenza. Ahora creo que en ciertas cosas debí demorarme mucho más.

Algunas personas me dicen que yo leo muy rápido, lo cual no es cierto, leo muy despacio y muchas veces releo frases y páginas enteras para entender mejor lo que leo; lo que pasa es que invierto mucho tiempo en este ejercicio que me gusta; por lo mismo prefiero leer que ver televisión y eso, en ocasiones, marca sutiles diferencias con otras personas a las que les gustaría leer más, pero prefieren dormir, ver televisión, chatear, yo qué sé, cada quién con sus preferencias.

No me imagino leyendo un poema de afán, ¿qué sentido tiene? No se trata de entender la idea central, se trata de entender las palabras, de comprender la cadencia, de llenarnos de lo mismo que necesitó el poeta para escribirlo.

¿Para qué quiero yo un resumen de En busca del tiempo perdido si lo importante no es el argumento, sino lo que pasa, el tedio, la imaginación, la belleza?

En este país el acelere nos ha servido para hacer un montón de cosas mal, para despreciar la lentitud porque se confunde con la ineficiencia.

Si Colombia fuera más lenta, seguramente nos iría mejor en educación, en investigación, por ejemplo. No sumaríamos “doctores”, sino que tendríamos doctores de verdad, tan respetables como el maestro de escuela que se toma todo el tiempo para que el pequeño entienda lo que tiene que entender. Cuando se aprende algo con convicción, el afán no importa, lo que cuenta es la constancia.

Estoy seguro de que muy pronto, en este mundo de gente cansada, llegará el momento en que se premie la lentitud. Se reconocerá no al que llegue primero, sino a aquel que en su recorrido observó más, que aprendió, como Whitman, que “una hoja de hierba no es menos que la jornada laboral de las estrellas...”.

Y así, despacio, empieza el respeto por lo que hace el otro, empieza el homenaje diario que hay que rendirles a los amaneceres o a la noche, a las partículas elementales, hasta que seamos capaces de dar cuenta, antes del sueño, de otras cosas que pasaron más allá de nuestras narices.

Todavía me falta experiencia en estos asuntos de la lentitud. Mientras tanto, me ocupo despacio de la vida y pienso en esos versos de León de Greiff que me gustan tanto: “¡Tanta industria novísima...! ¡Tanto almacén enorme...! Pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos...”  .

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