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Publicado el 27 de agosto de 2021

Días de furia y libros

Por Lola Pons Rodríguez

La única universidad alemana que otorgó un honoris causa a Albert Einstein fue la de Rostock, una ciudad portuaria al norte del país donde el 26 de agosto de 1992 la noticia era el incendio de un albergue de refugiados. No hubo víctimas entre los asilados, en su mayoría vietnamitas que habían huido de su país y que escaparon como pudieron. Aquel 26 de agosto de 1992 era miércoles y esa semana Sarajevo había vivido un lunes negro con más de un centenar de víctimas tras un bombardeo de tres horas; la ciudad en guerra amanecía ese miércoles, además, con dos noticias que digerir: la destrucción de su hermosa biblioteca bajo la artillería del Ejército ultranacionalista serbio y la inauguración inminente de una conferencia internacional en Londres donde la ONU iba a asumir la desintegración de Yugoslavia. Mientras se destruían libros por el este de Europa, por el oeste se cosían legislativamente dos textos: en España, el Boletín Oficial del Estado estaba a punto de publicar la primera reforma de la Constitución que adecuaba la Carta Magna de 1978 a la integración europea propuesta en el Tratado de Maastricht.

En Barcarrota, Badajoz, en ese mismo mes de agosto, el albañil Antonio Pérez acondicionaba la planta alta de la antiquísima casa de Antonia Ascensión Saavedra. El obrero avisó a la dueña de que al tumbar un muro se había topado con unos libros emparedados. Eran diez los ejemplares, todos de mediados del siglo XVI: una edición desconocida del “Lazarillo de Tormes”, un tratado sobre exorcismo, otro sobre quiromancia, un libro del perseguido Erasmo de Róterdam... y junto a ellos un papelito con la estrella de David. Los libros habían resistido las inclemencias de los hombres y del tiempo. Alguien en el siglo XVI los guardó con recelo para protegerlos de los incendios de la Inquisición. La noticia de la biblioteca de Barcarrota tardó muchos meses en hacerse pública; revelada en los medios, y aún sin internet, el hallazgo maravilló a un profesor estadounidense, que abrió nervioso su seminario semestral sobre la novela picaresca con el relato a sus alumnos de la noticia del nuevo Lazarillo localizado en España. La vida no se detiene, y en un incesante ciclo de destrucción y creación, ese mes de agosto había personas escapando y explorando, había libros que renacían y otros que desaparecían. En todo tiempo y lugar hay perseguidos y perseguidores, tesoros ocultos y revelados, por eso es necesario recordar a los que huyen, a los que crean, a los que preservan. Y a los que leen lo que escribimos

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