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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 16 de enero de 2021

¡Dios a la vista!

Ortega y Gasset, que no es propiamente un pensador religioso ni mucho menos un escritor piadoso, dice en un artículo de su obra "El Espectador", titulado como esta columna, "¡Dios a la vista!", algo que nos puede ayudar a reflexionar ahora, empezando el año.

"En la órbita de la Tierra -dice Ortega- hay perihelio y afelio: un tiempo de máxima aproximación al Sol y un tiempo de máximo alejamiento. Un espectador astral que viese la Tierra en el momento en que huye del Sol pensaría que el planeta no habría de volver nunca junto a él, sino que cada día, eviternamente, se alejaría más. Pero si espera un poco verá que la Tierra, imponiendo una suave flexión a su vuelo, encorva su ruta, volviendo pronto al Sol, como la paloma al palomar y el boomerang a la mano que lo lanzó. Algo parecido ocurre en la órbita de la historia con la mente respecto a Dios. Hay épocas de odium Dei, de gran fuga de lo divino, en que esa enorme montaña de Dios llega casi a desaparecer. Pero al cabo vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad. La hora de ahora (el artículo de Ortega, vale anotarlo, es de 1926) es de este linaje y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!".

Es bello el lenguaje de Ortega. Y advierte, a renglón seguido: "No se trata de beatería alguna; no se trata ni siquiera de religión. Sin que ello implique escatimar respeto alguno a las religiones, es oportuno rebelarse contra el acaparamiento de Dios que suelen ejercer. El hecho, por otra parte, no es extraño; al abandonar las demás actividades de la cultura el tema de lo divino, solo la religión continúa tratándolo y todos llegan a olvidar que Dios es también un asunto profano".

Hasta aquí Ortega, que después se adentra en un análisis del agnosticismo y el gnosticismo, que no es del caso traer en este comentario. Habría que decir, ahondando el, al parecer, aséptico análisis de Ortega, que no basta gritar ¡Dios a la vista! desde la cofa, sino evitar que la nave se destroce contra los arrecifes o encalle antes de llegar a la playa. Aunque siempre, hay que aceptarlo, la vida o la muerte nos golpearán contra el acantilado de la divinidad que dice Ortega. O nos depositarán como despojos de eternidad en las arenas mansas de su orilla.

Pero, en fin, el hecho es que con o sin religión, navegando plácidamente o metido uno en la angustia de un naufragio personal o colectivo, al escrutar el horizonte de la desesperanza, el grito de ¡Dios a la vista! puede ser salvador. Debe ser salvador

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