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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 05 de octubre de 2022

Direcciones opuestas

Europa y Latinoamérica tiran políticamente para esquinas opuestas. Aún bajo un contexto global similar, de postpandemia, las características de cada continente, sus transformaciones sociales y sus propias urgencias económicas, han impulsado a las ciudadanías a buscar discursos divergentes. Mientras el viejo continente abraza a la derecha con fuerza, en nuestra región la izquierda recupera terreno.

Los resultados más recientes de las elecciones en Italia y Suecia, por un lado; y Chile, Colombia y Brasil, del otro, escenifican el viraje. Si bien en ambos casos los resultados parecen responder a un efecto inmediato de hartazgo con los gobiernos de turno, castigados por crisis financieras y lentas recuperaciones tras el coronavirus —que llevaron a las oposiciones a ganar en las urnas—, hay también un trasfondo diferencial en cada caso sobre el papel de los partidos políticos. Allí las realidades son diferentes.

Los viejos partidos del socialismo europeo enfrentan desde hace bastantes años enormes dificultades para leer los requerimientos de sus naciones. Son incapaces de representar la lucha por una vida más justa y un Estado más fuerte. Pero, además, el trabajador europeo al que la izquierda representa desde hace más de un siglo ha ido desapareciendo. El obrero como masa deliberante tiene actualmente mucho menos peso que hace cien años. En este punto, las derechas han logrado un largo trecho con sus disertaciones enfocadas a una clase media y baja angustiada que difícilmente puede llegar a fin de mes, atormentada por la migración y atraída por un discurso que derrama culpas en los otros y promete un retorno a supuestos pasados gloriosos.

En el caso de Latinoamérica, por el contrario, la ausencia de partidos fuertes es un problema estructural que viene incluso desde las décadas finales del siglo pasado y en el que la izquierda supo, en la mayoría de los casos, recomponer su discurso y ofrecerse con postulados de renovación sin atacar al capitalismo. El reto que enfrenta hoy la nueva izquierda en el poder es lograr desprenderse de los problemas causados por su antecesora inmediata agrupada en el socialismo del siglo XXI y de la cual nadie quiere ser heredero.

Es cierto que generalizar procesos políticos hasta el tamaño continental elude las aristas de los elementos nacionales. Sin embargo, no dejan de ser llamativos los movimientos similares de los bloques y sus tendencias pueden darnos luces de los cambios que cada sociedad vive respecto a sus deseos de representación política.

Mientras avanza acelerada esta segunda década del siglo XXI, bautizada con una enfermedad que paralizó el mundo por dos años, los países se recomponen de acuerdo con sus necesidades más urgentes y los discursos tratan de seguirles el ritmo. Es evidente que la sociedad cambia primero y los que pretenden dirigirla tardan en entender esas modificaciones y más aún en aplicarlas a sus programas. Por ahora, mientras el repliegue conservador gana en Europa, en Latinoamérica la balanza nos lleva al lado izquierdo en un llamado a un Estado más presente 

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