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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 28 de octubre de 2021

Disculpas mil

Querida Celia Cruz:

Un poco tarde, me disculpo por haberla ninguneado la vez que la vi a su paso por Bogotá. Los efemerideólogos nos recordaron que usted nació el 21 de octubre de 1925. “Parece que fue ayer”.

La noche en que nos deleitó con su sabor, me perdí de chantarle un beso de agradecimiento porque su voz le puso música a mi niñez. En mis primeros teterados musicales está usted. Con razón nunca me dictó la aburrición.

El mío con usted fue un caso de amor a primer oído. La escucho casi desde que la salsa y este servidor andábamos en pañales. La salsa se expresaba en guarachas, mambos, chachachás, charangas, montunos...

Cuando usted, Celia, invitada por el eterno Rogelio Martínez, trabajó con la Sonora Matancera entre 1950 y 1965, la oía cantar “Mata Siguaraya”, “Burundanga” o el bolero “Tu voz”, para solo mencionar esa trinidad que escuchábamos en la radio, o en la tienda, de día, en el bar, de noche.

La vez que estuvimos en Cuba nos quedamos sin chulear Matanzas, la ciudad donde nació la Sonora, porque el taxista nos explicó que el desvío le minimizaría las utilidades por excesivo gasto de gasolina.

La ninguneada de la que le hablo consistió en que en la noche en que la conocí, actuó primero su colega Daniel Santos, a quien desde niño añoraba conocer.

Cuando el Anacobero terminó su presentación en el Coliseo Cubierto El Campín, le montamos la perseguidora. Fue una entrevista con el fondo musical de sus canciones, Guarachera.

Como la Virgen decidió no aparecérseme, me indemnizó con el Jefe, a quien yo trataba de imitar en reñida competencia con mi primo el Negro Humberto Villegas, quien me propinó la primera gran paliza de mi vida.

El boricua Santos pidió que no le formuláramos preguntas políticas. Le preguntamos por su imitador estrella, Charles Figueroa, y nos dijo que no había tenido necesidad de hacerlo porque cantaba de maravilla.

Santos terminó su actuación, whisky en mano, sentado en varias de sus interpretaciones, y se esfumó mientras, usted, Celia, se adueñaba de la escena.

Al reportero gráfico de Colprensa, Miguel Gota Menéndez, le ordené que nos tomara todas las fotos del mundo con Santos para ponerlas debajo de la mesita de noche. (El que manda, manda, aunque mande mal).

Agotados los rollos y la entrevista escoltamos a Daniel hasta el taxi que lo llevaría de regreso a la soledad de cinco estrellas de su cuarto en el Hotel Tequendama.

“Qué soledad, más sola, más solísima” se advertía en su parsimonioso andar, metáfora de todos los ocasos del varón domado. Cero multitudes, nadie le pidió autógrafo, ninguna admiradora se le tiró a la yugular.

Celia: Siempre que me encuentro con mi nieta Sofía, me pide que le ponga canciones suyas. ¿Cómo decirle que no a una beldad de a puño como la hermana de Ilona? ¡Azúcar! 

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