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Domiciliarios sin carne

Su exótico cableado lo guiaba en el tráfico citadino. Solo los clientes tenían la clave para acceder al pedido.

hace 5 horas
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  • Domiciliarios sin carne

Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Como vivo más atrás que la semana pasada acabo de conocer en Miami los robots domiciliarios, mis colegas mensajeros sin hueso. Hablo de colegas porque el primer oficio que me generó vil metal consistía en hacerles mandados a las señoras de la cuadra. Un sobresueldo adicional que me ponía era tratar de adivinar qué había detrás de las piyamas transparentes de mis fugaces patronas. Era la época en que ver un tobillo me alborotaba la incipiente bilirrubina sexual.

También debe estar de luto por culpa de los robots Jota Enrique Ríos, el periodista-rotario que se inició como mensajero de la Botica de los Isaza. En su cicla de turismo llevaba a las casas Mentolín, Mejoral, Vick Vapo Rub, el jabón de tierra para extirpar piojos, o la pomada Peña que utilizaban nuestros madres para buscar la eterna juventud. (Esa centenaria pomada existe. No diré en casa de cuál de mis hermanas la ví).

Ríos le debe su oficio de periodista a su condición de exmensajero: Alguna vez fue al diario El Correo a entregar la clasificación de una competencia de ciclismo que había ganado. El director, Adolfo León Gómez, terminó fichándolo para la redacción con este contundente argumento: usted es el indicado para escribir sobre un deporte que practica. Lo arropó, le pagó clases de mecanografía en la Remington, le enseñó las vocales y consonantes del periodismo y “habemus” laureado cronista.

Derramé una furtiva lágrima virtual cuando me encontré en plena calle con un robot domiciliario. Tenía cara de Subuso. De niño extraviado. Provocaba darle tetero o llamar a la estación de policía (nunca a los mastines de la ICE, la policía que atropella migrantes y gringos) para que le buscaran su hogar.

Me impresionaron sus delicadas maneras. Es como si le leyeran la urbanidad de Carreño antes de empezar a trabajar entre once de la mañana y las dos de la madrugada según el informe que pasó Telemundo: “Mi” educado robot les cedía el paso a las personas y a los carros. Su exótico cableado lo guiaba en el tráfico citadino. Solo los clientes tenían la clave para acceder al pedido. Como el cliente siempre tiene la razón las comidas les llegan frías o calientes.

No los he visto en las calles de Medellín, tal vez por aquello de que todo nos llega tarde... Los que llegaron temprano fueron los famosos “rappis” una creación del ingenio colombiano.

Un “rappi” conducido por mi nuevo mejor amigo Carlos, me sacó de líos una noche: en su moto me llevó en segundos al apartamento de una parienta donde me guardan las llaves de la casa por si las moscas. El tocayo de Chaplin lo hizo por 20 mil pesos. Me gané una gripa que me tiró a la lona quince días gracias al sereno nocturno que tragué...

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