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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 02 de octubre de 2016

Domingo del Plebiscito

Hoy tenemos dos grandes responsabilidades como seres humanos y como cristianos. La primera votar. La segunda aceptar el resultado de la votación.

Votar es una obligación humana y ciudadana. Humana, porque estamos ante una decisión de la que dependen muchas vidas. Ciudadana, porque se trata de honrar la cita que nos hemos dado para un encuentro nacional, donde nuestro voto, desde puntos de vista diferentes, define el más importante de nuestros asuntos públicos.

Solo un impedimento grave o una causa mayor que no esté en nuestras manos podrían justificar ante la historia de Colombia y ante Dios el que uno de nosotros no participe en la votación.

Aceptar el resultado de la votación, sea que gane el “NO” o que gane el “SI”, es un deber de ética pública en la disciplina de la democracia. Y tenemos que prepararnos espiritualmente para acoger el resultado. Porque sin una aceptación desde el alma, que nos comprometa a todos con la voluntad soberana del pueblo, no será posible la construcción en las diferencias de la sociedad democrática que se merecen los jóvenes y las generaciones futuras. Y esto significa que todos los que votamos aceptamos previamente trabajar por el bien común a partir de lo que decida la mayoría, aunque esta sea solo por un voto y sea contraria a lo que nosotros esperábamos.

Desde la visión de la fe, aceptar el resultado es aceptar que creemos en la acción de Dios en la historia, a través de los aciertos y los errores, las certezas y las incertidumbres de nosotros, seres humanos, a sabiendas de que ninguno es perfecto, y que inevitablemente somos sacudidos por las ambigüedades y pasiones cuando se mete desde todos los lados la política en la causa grande de la paz que nos importa a todos.

El salmo de hoy nos invita a tener una mirada de fe en Dios en esta historia humana impredecible y muchas veces dolorosa: “Ojalá escuchemos la voz de Dios”. Y añade: “No dejen que se les endurezca el corazón”. Endurecer el corazón, en estas circunstancias, sería continuar y ahondar la polarización en que hemos estado hasta hoy. Una confrontación cargada de ausencia de información, de mentiras y rivalidades, que se explica pero no se justifica por la efervescencia de las campañas. Hoy terminan las campañas, termina “lo políticamente correcto”, y queda un país por construir a partir de lo que se decidió. Hoy el Señor en el Evangelio de Lucas 17 5-10, nos llama a una fe encarnada capaz de movilizar a la naturaleza y por supuesto las voluntades, “si la fe de ustedes fuese tan grande como un granito de mostaza”.

Construir a partir del resultado de hoy solo es posible si cada uno decide dar el primer paso para creer y reconciliarse con los demás colombianos. Si todos aceptamos, unidos en la diferencia, fortalecer la opción ganadora con los aportes enriquecedores y viables de la opción que resulte perdedora.

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