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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 21 de enero de 2021

Dos minutos de alegría

Las diosas cristiana y pagana de los ajedrecistas, Santa Teresa y Caissa, están de vacaciones. Estos días murieron de covid-19 Klara Shagenova Kasparova, madre del excampeón mundial Garry Kasparov, y el diez veces campeón colombiano Gildardo García.

A los siete años, a la muerte de su padre, el pequeño Garry se sumió en profunda depresión. Mamá Klara encontró pronto la solución: contra depresión, ajedrez. Apunten la receta.

Le sonó tanto la flauta que su hijo dominó la escena durante 20 años. El excampeón confiesa que le debe todo a su madre quien abandonó su carrera de ingeniería para convertirlo en el número uno. Se retiró estando en el churubito.

Cuando le preguntaron qué hacían en su tiempo libre, ella respondió: “¿Tiempo libre? Usted no entiende nada. Ser siempre el número uno es dificilísimo. Vivir por el placer de vivir es algo que ni mi hijo ni yo compartimos”.

Garry no asistió en Moscú al funeral de su madre. Sabía que lo esperaba algún gulag urbano.

La despidió con este trino-obituario-oración-responso: “Mi modelo de conducta, mi más grande campeona, mi sabia consejera y la persona más fuerte que jamás conoceré. Te quiero, mamá”.

Los dos eran todo pasión por el ajedrez. También lo era el segundo Gran Maestro internacional que tuvo Colombia, Gildardo García.

El primer Gran Maestro fue el risaraldense Alonso Zapata, con quien protagonizó enfrentamientos que recordaron las mechoniadas del dueto Cuéllar Gacharná-Carlos Cuartas.

Zapata también le gastó tuit a su colega: “Un gran ajedrecista, muy talentoso y extremadamente ingenioso. Jugamos tantas partidas intensamente luchadas... Tuvimos muchas batallas épicas. Maestro, lo voy a extrañar”.

Sublimó su timidez coqueteándole a la perfección jugando ajedrez. Que lo diga el Gran Maestro Browne, de Estados Unidos, a quien García le sacrificó tempranamente la dama a cambio de poner al rey a dar palos de ciego en el centro del tablero hasta hacerlo inclinar la cerviz. La partida es tan bella que el maestro Boris de Greiff la incluyó en su antología “Mil y una partidas”.

Al arrebatarle a Cuartas el cetro de ajedrez, García también puso al rey de su rival a deambular por el centro del tablero. Y como el ajedrez sabe de ironías, cuando Óscar Castro le interrumpió a Gildardo su reinado, su rey padeció igual tratamiento.

Harán falta los cuatro samuráis del ajedrez paisa: Boris de Greiff, Cuartas, Castro y Gildardo.

Ninguno como García fue campeón tantas veces. Y ninguno como el nervioso trebejista jugó a ciegas contra 20 tableros. Algo tan exótico como meterse en una jaula con 20 tigres hambrientos. Le fue bien en esa audacia que jugó en Manizales: ganó catorce partidas, empató cuatro y perdió dos.

Ajedrecista del riguroso montón, en su memoria y en la de doña Klara Kasparov, propongo dos minutos de silenciosa alegría por sus vidas dedicadas al mundo blanco y negro del ajedrez

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