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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 23 de octubre de 2019

El acecho populista

El populismo se mueve en forma larvada a través de movimientos de extremas que capitalizan las debilidades de las democracias para impulsar sus falsas profecías.

Los efectos contraproducentes del populismo fueron previstos desde hace 50 años. Recuerda el politólogo Minouche Shaflk un vaticinio de la London School of Economics en 1967: “un espectro está acechando al mundo: el populismo”. Desde entonces no solo acecha sino que ha sentado sus nalgas en países, especialmente en América. Ya el populismo de derecha se fortalece con el eje Trump-Bolsonaro, cuando el de izquierda se sostiene con Maduro-Castro-Evo-Ortega. Todos narcisistas, déspotas, no propiamente déspotas ilustrados. Dios los cría y ellos se juntan.

Al populismo lo define el politólogo Enrique Krauze como “el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática para prometer la vuelta de un orden tradicional o el acceso a una utopía posible y, logrado el triunfo, consolidar un poder personal al margen de las leyes, las instituciones y las libertades”.

En Colombia, desde mitad del siglo XX comenzó a aparecer. Hubo dos caudillos populistas. Uno, civil. Otro militar. Jorge Eliécer Gaitán era el liberal que se movía en los años 40 del siglo pasado alrededor de sus frases impactantes, efectistas, planteando el divorcio entre el país político y el país nacional. De este decía, con mucho de razón, que era superior a sus dirigentes.

El otro fue el general Rojas Pinilla. Montó el binomio pueblo-Fuerzas Armadas para pretender arrasar con el bipartidismo liberal-conservador. En las plazas públicas hablaba con lenguaje demagógico que despertaba entusiasmo popular. Si Gaitán fundó un partido –el UNIR–, de efímera vida electoral, rematado en el lugar donde lo abalearon, Rojas levantó el suyo –la Anapo–, de corta duración, que murió con la desaparición del general, y que acabaron de calcinar sus nietos en los estrados judiciales. Es el destino que corren los partidos que se forman alrededor de caudillos y no en jerarquías institucionales, ni en ideologías y programas fundamentados en la razón.

El populismo capitaliza y explota la lucha de clases. Es una salida desesperada ante tantas ilusiones frustradas de una sociedad insatisfecha y burlada por políticos promeseros.

Recordemos que hace 25 años, cuando Samper y Pastrana –ambos representantes del régimen imperante– obtenían entre ambos el 90 % del electorado, su contendor, el izquierdista Navarro Wolff, a duras penas sacaba 200 mil votos, el 4 % del total. Era impensable que 24 años después, las izquierdas populistas con Petro, superaran los 8 millones de votos. Y como van las cosas, con un establecimiento devorándose a sí mismo –como Saturno tragándose a sus hijos– colocándole palos en la rueda al presidente Duque para enredarle su gestión, nada tendría de raro que a corto plazo Colombia tenga una ingrata sorpresa.

Desde el domingo con las elecciones regionales y locales podemos ir calculando si el peligro populista es inminente o se va congelando su vigencia. Ya el capataz venezolano, Diosdado Cabello, anuncio un ciclón que envolverá con su revolución chavista el mapa de América del Sur.

Si Bogotá, Medellín y Cali quedan en manos populistas, vamos apagando la tenue luz de lo que va quedando de democracia.

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