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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 12 de enero de 2022

El Águila de dos trece

En una emisora que se origina en Bogotá, hace poco entrevistaron a Jaime Echenique, primer colombiano en llegar a la NBA, el Vaticano del basquetbol gringo. El jugador barranquillero, que además tiene títulos universitarios en sociología y sicología, se esmeró en asegurar que cualquiera puede triunfar si persevera y aplica a fondo su pasión.

Avanzada la conversación, al periodista se le ocurrió preguntarle cuánto mide. “Dos trece”, contestó. Caramba, hasta ahí le llegó su prédica del esfuerzo. ¿Cuántos colombianos miden dos metros con trece centímetros? Que entre el Dane y escoja. Este pequeño detalle les faltó tanto a entrevistado como a entrevistador, como requisito adicional a la constancia, para triunfar. Ambos factores son esenciales.

Carlos Mario Aguirre, el Negro, fundador y dramaturgo de El Águila Descalza, es un “dos trece” del teatro colombiano. Cuenta con toneladas de tenacidad y ardor por su arte. Y al tiempo es un peso pesado de talento y salero. Un Chaplin, con bigote y todo.

Cristina Toro, su pareja de vida y escenario, se refiere a “su alto nivel de exigencia consigo mismo... Una energía descomunal como la suya no es tan común. Yo no resisto ese voltaje”. ¿Cuántos compatriotas mantienen tal potencia electromotriz? Que entre el Dane y escoja. Lo cierto es que el Negro no desaprovecha ocasión para ponderar entre sus colegas la importancia de obstinarse, sin llamar la atención sobre su privilegiada capacidad de “dos trece”.

“Siempre he querido montar hecatombes”, reconoce. Frente al éxito de la obra “No vuelvo a beber”, exclama: “habíamos revivido a Frankenstein”. Alude a Kalimán y a Lavoe como modelos para calibrar su emoción frente a públicos cautivados. Tras la tumultuosa primera función de “Trapitos al sol”, vocifera: “somos unas fieras, somos unos gladiadores del teatro”.

Avanzadas las 800 páginas del reciente libro de La pluma del Águila, ¡Mucha gracia!, deja caer el más hondo de sus lamentos: “qué problema para un mortal estar pendiente de lo inmortal”.

Y encumbra a su compañera de vértigos: “el trabajo de Cristina compromete un contrapunteo a la historia, una especie de corifeo griego, un coro de una sola voz, un ojo avizor y una voz pensante que establece puentes, líneas y crea espacios de reflexión pues los textos de mayor volumen filosófico le corresponden” 

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