El mal tiene su fascinación. Romper a fondo con lo pactado por la sociedad no deja de contener una estética. El diablo ha sido considerado desde antiguo como la cara opuesta a Dios. Ambos participan de lo real.
El arte contemporáneo saca a flote esta dualidad llamativa. Construye belleza desde la fealdad, desconcierta, escandaliza. Basura, excrementos, mutilaciones, pujan por cupo en galerías y museos. Los circunstantes no comprenden pero sienten una sorda atracción. Algo de su mundo interior sintoniza con esta porción de la vida.
Cosa diferente sucede con la ramplonería. Lo grosero pugna con lo estético. Pone a vibrar las cuerdas inferiores de la sensibilidad. Rebaja el nivel hasta instancias atrasadas de la evolución.
Ante lo chabacano solamente...