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Carmen Elena Villa Betancourt
Columnista

Carmen Elena Villa Betancourt

Publicado el 30 de junio de 2021

El colapso de un edificio

Amargo fue el amanecer en Florida el pasado 24 de junio. Quienes estaban allí se encontraron con la insólita y dolorosa noticia del desplome del edificio Champlain Towers South en Surfside, muy cerca de Miami. Una cámara de seguridad logró captar el momento en el que esta edificación se vino abajo en cuestión de segundos. Al ser Miami una ciudad que congrega tantos latinos, lo lógico es que dentro de las víctimas hubiese personas de diferentes países: Colombia, Paraguay, Argentina, Chile, Uruguay y Venezuela hacen parte de esta tragedia y lloran a sus desaparecidos. Algunos, residentes de aquel edifico; otros, simples turistas que aprovecharon las vacaciones para viajar y, de paso, vacunarse contra el covid-19.

Un gran equipo trabaja de manera muy profesional para remover las toneladas de escombros que sepultan a más de un centenar de personas y cuatro días después (al cierre de esta columna) sólo once cuerpos sin vida habían sido rescatados.

Conmueve ver a tantas personas abrazadas en el lugar del siniestro, y esperando a pocas cuadras tener noticias de alguno de sus seres queridos.

¿Hubo negligencia en los ingenieros y arquitectos que hace 40 años diseñaron esta edificación? ¿No se tuvieron en cuenta las alertas que en los últimos años había de daños y grietas? ¿Tuvieron la culpa las edificaciones contiguas a este edificio? Son preguntas que pueden dar pistas para que en un futuro se tomen nuevas medidas de seguridad, pero que no devolverán la vida de las once personas ni de los 150 desaparecidos. Con o sin estas preguntas vemos cómo la vida es tan frágil y en cuestión de segundos puede perderse.

Un hotel de Surfside ha adecuado su espacio para recibir a los familiares de las víctimas quienes han llegado a Miami desde diferentes lugares de Estados Unidos y del mundo para seguir de cerca esta búsqueda titánica. Han pedido ir al lugar de los hechos, han visto lo difícil que resulta levantar cada muro y seguir la búsqueda de sus familiares. ¡Están tan cerca (solo a algunos metros) y a la vez tan lejos de ellos! ¡Qué impotencia se puede sentir al saber que tus familiares yacen entre aquellas murallas sin poder abrazarlos!

El mundo nos ha mostrado imágenes cargadas de emotividad: Fotos con flores, cruces y rosarios en el lugar del siniestro, personas orando en las iglesias y sinagogas, amigos que desafían cualquier medida de distanciamiento social y se abrazan buscando y ofreciendo un consuelo ante tanta incertidumbre, hombres valientes que se meten entre los restos de esta construcción para continuar con la labor de rescate.

Elevemos nuestras oraciones y buenos deseos por quienes están allí sepultados. No dejemos de creer que un milagro puede suceder (como ocurrió con los 33 mineros de Chile en 2010 o con el avión que cayó en medio de los Andes en 1972). Pidamos por la fortaleza de sus familias y también por los rescatistas. Que esta tragedia despierte los más profundos sentimientos de solidaridad y hermandad.

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