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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 30 de julio de 2015

El final de los partidos políticos tradicionales

De acuerdo con la Encuesta Mundial de Valores, en 2014 solo el 3,6 % de los colombianos eran miembros activos de un partido político, mientras que el 84,6 % confiaba poco o nada en estas organizaciones. De hecho, no sorprende la poca relevancia que los partidos políticos colombianos tienen en la vida diaria de nuestra sociedad y el escepticismo que despiertan en las personas como representantes –teóricamente- de la democracia nacional.

En las regiones el panorama no es diferente. Para las elecciones locales de este año, las dinámicas de partido han estado determinadas por los escándalos, las traiciones, los cambios abruptos en las reglas de juego y el creciente número de políticos y movimientos que prefieren ir por firmas, desde la independencia, a ponerse en las manos de los barones electorales y los gamonales.

Los escándalos en la entrega de avales a personajes cuestionados en casi todas las regiones del país para estas elecciones locales es solo la muestra más reciente de los problemas que enfrentan los partidos tradicionales. La falta de transparencia, la arbitrariedad o injustica de las decisiones y la excesiva concentración de poder para tomar decisiones se suman a este diagnóstico perverso.

En efecto, los rígidos entramados de los partidos políticos -excesivamente jerarquizados y ajustados a partir de la necesidad de gestionar el clientelismo de la política tradicional- ya no resultan atractivos para una nueva generación de políticos y ciudadanos que reclaman atención en nuevos temas públicos, en rápidos cambios en las tendencias sociales y nuevas formas de hacer política. La mayoría de nuestros partidos no son buenos espacios para la renovación política o la innovación social, todo lo contrario.

Así, muchos candidatos han tomado la decisión de ir sin los partidos para evitar los quebraderos de cabeza que muchas veces implica la política “partidista”, pero también para evitar la imagen negativa de los partidos y los padrinazgos políticos y, por supuesto, aprovechar las ventajas de una campaña de largo aliento en el ejercicio de recoger firmas para inscribir la candidatura.

Los nuevos movimientos políticos permiten dinamismo, renovación, innovación y meritocracia, las falencias más importantes de los partidos tradicionales. Así, mientras los movimientos nos introducen a nuevas generaciones de políticos, voluntarios y entusiastas, los partidos retrasan la renovación al seguir apoyando las ambiciones de muchos personajes cuestionados y uno que otro bandido.

Por supuesto, los partidos políticos tradicionales siguen siendo muy relevantes en términos de la política regional y nacional efectiva, pero ya se pueden identificar algunos de los elementos que generan presión para que se reformen o desaparezcan en la forma como los conocemos actualmente.

Porque en silencio y poco a poco, con cada elección y cada decepción, nuestros ciudadanos se han ido volviendo algo más exigentes en lo que esperan de sus líderes y sus gobernantes, y esas presiones deberían ser una alerta para quienes hacen política o pertenecen a un partido: o cambian o la democracia encontrará la forma de volverlos irrelevantes.

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