Darío habla como un predicador. Su voz es grave. Su hablar pausado. Cada palabra es escogida y lanzada con cuidado, ocultando una tartamudez que le reta. Frisa los cincuenta, es mediano, de contextura gruesa, con una incipiente barriga y algo calvo. Por su apariencia y sus formas, es fácil imaginarlo de cura repartiendo señales sagradas, padrenuestros y consejos a la feligresía en vez de artículos para salones de belleza, que es lo que hace. A veces su conversación se pega un poco y se crea un momento incómodo, lo que uno siente cuando ve una persona buena en dificultades: No te preocupés hermano, calmate, fresco, esperamos.
En Medellín, las casas en los barrios más populares se aferran a la montaña sobre pilotes o se ocultan en la tierra. Donde...