Hace unos días, mientras esperaba a alguien en una de esas mesas largas de Mercados del Río, fueron llegando un montón de señores de quienes, por caras, cuerpos, edades y actitudes, deduje que eran jubilados, como lo pude comprobar después, gracias a mis poderosas antenitas de vinil que captan conversaciones ajenas con una destreza que se la quisiera el Chapulín Colorado.
A medida que iban llegando se formaron pequeños grupos que hacían comentarios sobre el aumento salarial, el clima y las volteretas políticas de cara a las próximas elecciones. Los más cercanos a mí, ajenos a temas tan poco emocionantes, intercambiaban opiniones sobre un catálogo virtual de mujeres que uno le enseñaba al otro en la pantalla de su celular. El dueño del teléfono,...