Me gustaban mucho aquellos entierros tan estéticos de las películas de John Ford en las películas del Oeste, con el pastor protestante leyendo salmos de Isaías ante unos vaqueros cabizbajos con el sombrero en la mano: conduce, Señor, el alma de nuestro hermano a los verdes valles del Edén, mientras los golpes de azadón herían la tierra madre para albergar al finado hasta el juicio final.
También me gustaban los entierros llenos de alaridos griegos tan mediterráneos con labradores en el duelo, que cerraban tratos de cosechas durante el camino al camposanto, donde el cura católico dejaba al difunto amparado bajo un mármol barroco hasta la resurrección de la carne.
La costumbre de incinerar los cadáveres le ha quitado a los gusanos su compromiso...