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Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 25 de noviembre de 2019

EL MUNDO DE LA INCONFORMIDAD

Una gran insatisfacción embarga a los pobladores de todo el planeta como consecuencia del actual modelo capitalista neoliberal, que hace del lucro material el valor predominante mientras acelera la pauperización de gran parte de la población, la concentración de la riqueza en unas pocas manos y el gravísimo deterioro ambiental; las que imperan, pues, son las políticas del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la OCDE, etc.

El fenómeno es de tal magnitud que, por todos lados, los ciudadanos se levantan y se manifestan, piden mejores condiciones de vida, libertad, reformas urgentes en todos los planos, cuestionan a sus dignatarios, derrocan presidentes, critican la corrupción, etc. Y ello, en veces, va de la mano el surgimiento de líderes populistas que –con el pretexto de ser nuevos iluminados– creen tener la fórmula mágica para brindarle al colectivo social un mejor futuro.

Colombia, por supuesto, no es la excepción. Lo vivido el pasado jueves cuando miles de personas insatisfechas se movilizaron –por desgracia con muy criticables actos de vandalismo y abusos de la fuerza pública– es una muestra de ello; el país está cansado de la injusticia, el desgobierno, la putrefacción, las cotidianas violaciones de los derechos humanos, el autoritarismo, la mentira, etc. Lo sucedido es, además, un mensaje muy claro a quienes rigen los destinos de esta sociedad atormentada para que emprendan –sin más rodeos– un proceso de profunda transformación, que requiere de la presencia de los dirigentes más preparados.

Y no es para menos: Este es un estado situado en los primeros lugares en materia desigualdad en el mundo (el tercero después de Angola y Haití), porque es evidente que el 52 % de los pobladores vive en la pobreza; es más: el 1 % de la población más rica del país, al lado de las compañías transnacionales, son las dueñas del 81 % de las tierras mientras que el 62 % de los jóvenes que viven en las zonas rurales no puede acceder a la educación secundaria y solo el 2 % lo hace a la Universidad. Y añádase: la corrupción imperante hace que el país ocupe uno de los lugares más vergozos del ranquin mundial –el sitio 99 entre 180 naciones monitoreadas– según organizaciones como Transparencia Internacional; además, la deuda externa casi toca el techo de los ciento treinta y seis mil millones de dólares, equivale al 42,8 % del PIB.

Nuestro territorio, pues, está lleno de muchos seres humanos a los que el gran escritor uruguayo Eduardo Galeano llamaba los nadies, porque forman parte de ese selecto clan de individuos desechados, ninguneados, ultrajados y maltratados; esos “que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore”; y añadía: “Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

Así las cosas, en contra de quienes se escandalizan por las protestas –máxime si, después de santigüarse, ven a todos los descontentos como “extremistas” y son víctimas de las políticas oficiales del miedo– y, al estilo de nuestro exministro de defensa, quieren criminalizar la protesta social y silenciar a millones de seres hambrientos y desesperados, se debe reivindicar el derecho democrático al disenso y a indignarse; hay que seguir manifestándose pero de forma pacífica –¡a quienes se debe punir es a los violentos!– y sin pretender que incendiando el país por los cuatro costados van a advenir las necesarias transformaciones sociales.

En cualquier caso, algo es muy claro: se abre paso un nuevo orden mundial porque el actual ha fracaso de forma estrepitosa; y, si él no adviene, la supervivencia misma de la especie sobre el planeta está indefectiblemente amenazada.

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