David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 26 de diciembre de 2018

El niño está solo

Donald Trump llegó a la mitad de su mandato y el desastre aumenta. Podríamos decir que, incluso, empeora. Justo cuando su desordenado y caótico gobierno se acerca a los dos años, su secretario de Defensa, Jim Mattis, decidió dar un portazo sonoro y explicar la imposibilidad de trabajar con un malcriado. En una carta pública el militar de 68 años argumentó que el multimillonario necesita (o quiere) a alguien más alineado con sus posturas. En otras palabras, alguien que acepte órdenes y no refute. Y él, con una carrera consolidada desde el disenso, no está para ese juego.

Lo que acabó con la relación entre ambos, ya resquebrajada por la irresponsabilidad militar y geopolítica de Trump, fue la determinación del presidente de sacar las tropas en Siria, abandonando a su suerte a los aliados kurdos. El movimiento le da un enorme botín a Putin, a Turquía y a Irán, y deja en el aire cualquier estrategia en la zona por parte de Washington. Mattis consideró el movimiento inaceptable y se lo dijo al presidente, que miró para otro lado. “Estados Unidos primero”, dijo el republicano repitiendo su manido eslogan que tiene tanto de nacionalista como de cortoplacista.

Tras la renuncia de Mattis se organizó un cronograma para su salida, que culminaría en febrero. La idea era dejar las cosas en orden en una cartera fundamental para la Casa Blanca y cuyo funcionamiento es clave para el poderío de la potencia. Sin embargo, las rabietas de Trump aceleraron el proceso. La carta pública del militar retirado lo enfureció y con un tuit anunció su reemplazo el pasado domingo.

Más de un centenar de altos funcionarios han abandonado la presidencia de Donald Trump en este anárquico primer tiempo. De todas las carteras y con los más diversos perfiles. Algunos trumpistas desde las primeras horas y otros convencidos a último momento. Todos renuncian agotados ante la prepotencia de un gobernante que se mueve por instintos y solo escucha aquellos argumentos que fortalecen sus propias miradas. La antítesis de un verdadero líder.

Es como trabajar con un niño que debe estar vigilado todo el tiempo, según narraron hace unos meses a The New York Times funcionarios que se declaran secretamente en “resistencia”. Hay que esconderle las decisiones más trascendentales, demorar sus cavilaciones cuando parece que va a ir sin freno ante un nuevo desmadre. Pero estos rebeldes (algunos críticos del fondo y otros más incómodos con las formas) son cada vez menos. No soportan más la manera en la que la sinrazón lo engulle todo a grandes bocados y sin freno.

El grupo de aquellos que hacen parte de la presidencia pero que son capaces de mostrarse en desacuerdo cuando el magnate alza la voz y ordena sinsentidos, se desgrana aceleradamente. Cada semana cae uno. Quizá Mattis era el último de ellos. Uno de los más fuertes.

Ahora, el malcriado que maneja la primera potencia del mundo se queda solo, sin cortapisas, y festeja que podrá profundizar en sus tonterías. Resulta frustrante para la política estadounidense y genera pánico para el resto del mundo lo poco que se puede hacer mientras todo arde.

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