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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 12 de febrero de 2020

El papel de las señoritas

Durante siglos, el papel de las señoritas fue opacado, entre otras razones, por la escasez de señoritas en el papel... en periódicos, revistas, libros y archivos históricos.

Hoy, hace cien años, más de cuatrocientas hilanderas de la Fábrica Textil de Bello dejaron de trabajar para exigir el aumento de sus salarios y la disminución de la jornada laboral. (El paro se dio bajo el amparo de la Ley de huelgas, en el gobierno de Marco Fidel Suárez).

Aunque sus peticiones eran similares a otras protestas anteriores de menor escala y en otros sectores de la economía, hubo una demanda que sí era distinta: el respeto a la integridad física y moral de las mujeres ante el hostigamiento laboral y el acoso sexual de los supervisores de turno.

Por designio de su patrón, las hilanderas trabajaban descalzas en jornadas de más de doce horas, sin derecho a una pausa para almorzar. Algunas eran niñas que se sometían a esas condiciones con la esperanza de ahorrar para comprarse el vestido de su primera comunión.

Esta huelga histórica fue liderada por una visionaria de la que poco se habla en las escuelas y colegios colombianos, una mujer a la que la gran Historia ha tratado de desaparecer y cuyo nombre se reivindica por estos días del centenario: Betsabé Espinal (01/12/1896-16/11/1932).

Espinal y otras líderes –Teresa Tamayo, Adelina González, Carmen Agudelo, Teresa Piedrahíta, Matilde Montoya– no solo encabezaron esta suerte de #MeToo, despojado de glamur y rostros famosos, sino que exigieron que a los hombres y las mujeres les fueran pagados los mismos salarios por el mismo tiempo trabajado en el mismo tipo de actividad: una forma de justicia que todavía no es acatada.

Al silenciamiento de esas señoritas también contribuyeron los patronatos obreros, internados administrados por religiosas donde las empleadas dormían, mientras las anfitrionas vigilaban su proceder. Quien nos cuida el sueño, en buena medida nos modela el pensamiento.

Aunque periódicos como El Espectador difundieron en su momento la noticia, y algunos archivos universitarios e históricos guardan estos relatos, nombres como el de Betsabé Espinal no son bienvenidos en las aulas escolares por el temor al paradigma de la mujer fuerte, porque nos han hecho creer que la indignación y la furia no son atributos femeninos. Que sentir “ira mala” es de “mujeres malas”. La “maldad” en la mujer ha pasado por filtros históricos de poder que aún hoy tratan de descifrar y conjurar los estudios de género y otras pocas áreas en la Academia.

Betsabé Espinal es la joven mestiza de pelo recogido, con un par de crespos rebeldes sobre la frente, que mira la lente de Melitón Rodríguez: cejas prominentes y labios carnosos, con candongas en las orejas y una pequeña cruz sobre la clavícula, enmarcada por sus hombros cansados.

Desentrañar la verdad de la hija de Celsa Espinal, pasa por los anaqueles de los centros de historia y sus cronistas, pero ahora, también, de novelistas y productores audiovisuales que hablan de ella como heroína y criatura mítica en la ficción y la Historia verificada, comparada. La liberan del castigo, de la memoria muda.

Ponernos en los zapatos de aquellas señoritas descalzas nos permite entender el papel de tantas líderes de hoy, anónimas, solitarias, que solo “mojan prensa” después de haber sido bañadas en sangre.

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