El perdón encierra su contrario. El puñal que acabó con el padre no se vuelve contra el asesino, sino restaña con su filo la cremallera herida en el alma de la hija. Lo hace a manera de cauterizador, de quemadura que higieniza.
Duele, claro está, pero expulsa el tumor, hace innecesaria la amputación de algún órgano espiritual. La víctima o doliente realiza la consumación del duelo y sigue hacia el futuro con la satisfacción de haber contribuido al equilibrio universal.
Así pues, el perdón no es generosidad sino ganancia. Quien perdona se hace un beneficio que únicamente él puede darse. El criminal no interviene en este trance trascendental.
A lo sumo es informado del acto por el cual sus perjudicados se despojan de la feroz venganza. Así como estos...