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Las de Abelardo ya le costaron una ruidosa derrota frente al Poder Legislativo, que se negó a concederle la presidencia a su amigo Deluque.
Por Melquisedec Torres - @Melquisedec70
Un anónimo grafitero escribió sobre una pared bogotana, hace unos 30 años, una frase que la historia universal había creado con mayor elaboración más de 10 siglos atrás. El callejero artista reflexionaba sobre una Colombia azotada por los carros bomba del narcotráfico, el creciente poder de las guerrillas y paramilitares, y la corrupción; pese a ello no se cancelaban los reinados ni los carnavales ni las ferias de pueblo.
Y entonces pintó “el país se derrumba y nosotros de rumba”, la variación criolla de lo que el mundo ya decía más de mil años antes sobre el enorme Imperio Bizantino o Romano de Oriente, que se caracterizaba por agudas, confusas e interminables discusiones, enfocadas en asuntos baladíes o irrelevantes para la vida de millones de súbditos. Las diversas pugnas políticas y teológicas en Bizancio, hoy parte de Estambul, llegaron al extremo de intentar resolver “el sexo de los ángeles”. Y en medio de esos “debates”, el Imperio cayó tras más de mil años.
La posesión presidencial de Colombia, el 7 de agosto próximo, tiene elementos muy claros de ese desgaste bizantino; un presidente electo que se empecina en jurar y asumir la dirección del país lejos de Bogotá en una instalación militar, que implica alto riesgo no solo de seguridad, sino logístico, amén de los costos oficiales. En tanto, un mandatario en el ocaso que se obstina en subversiva actitud – cada vez con mayores niveles de demencia no senil sino ideológica – no solo a no permitirle el capricho del lugar sino a no reconocerlo como electo. Y a insistir, como lunático y sin prueba alguna, en un fraude electoral; y en esos delirios le acompaña el derrotado candidato, que no tiene empacho ni vergüenza en aceptar la curul que le da la Ley al derrotado – sueldo mensual de más de $50 millones - mientras repite, como sirirí enfermo, que su rival es un ilegítimo ganador.
Las veleidades suelen ser malas compañeras para quien se pretenda estadista. Las de Abelardo ya le costaron una ruidosa derrota frente al Poder Legislativo, que se negó a concederle la presidencia a su amigo Deluque.
Pero ese golpe no amilanó a Abelardo. Anda ya tratando de imponer la idea de una radical descentralización del poder estatal, con sedes alternas de la Casa de Nariño y de ministerios en Barranquilla, Medellín y Cali. En teoría, loable iniciativa que le resta poder a la centralización en Bogotá y se lo otorga al resto del país. Empero, las experiencias en países con esquemas similares, como Sudáfrica, Malasia, Chile o Alemania, han resultado en altísimos costos de infraestructura inicial, y de funcionamiento, especialmente por los frecuentes viajes de funcionarios para coordinar con el resto de organismos. Aún en este siglo de la IA, la presencia física es imprescindible para la existencia del Estado. De entrada, la geografía nacional será un complejo asunto a resolver si se concreta la idea del “Estado Descentralizado de la Era del Tigre”.
Los bizantinos también supieron que de buenas ideas e intenciones está lleno el culebrero camino al averno. El Imperio cayó en 1453 a manos de las tropas turco-otomanas, mientras dentro de la ciudad discutían cuántos ángeles podían caber en la punta de un alfiler.