<img height="1" width="1" style="display:none" src="https://www.facebook.com/tr?id=378526515676058&amp;ev=PageView&amp;noscript=1">
Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 23 de enero de 2021

El último de los latinistas

A la media noche de la Navidad pasada, víctima del Covid 19, murió en Milwakee (Wisconsin, Estados Unidos) el sacerdote carmelita descalzo estadounidense Reginald Foster. Tenía 81 años. Se le conocía en el mundo eclesiástico y académico del humanismo clásico como el latinista de los Papas o el latinista del Vaticano. Era considerado el mejor estudioso de la lengua latina y fue, sin lugar a dudas, su más apasionado cultor.

Para no salirme de Estados Unidos, hoy de actualidad por el cambio de presidente, mejor que hablar del insoportable Donald Trump, ya alejada por ahora su amenaza con la posesión del esperanzador Joe Biden, quisiera rendir un homenaje a este humilde fraile carmelita estadounidense. A quien conocí y traté (tratándonos en latín mejor que en italiano o inglés, claro está) y cuya muerte me entristeció.

Había nacido allí mismo en Milwakee en 1939. Hizo su profesión religiosa en la Orden de los Carmelitas Descalzos en 1959. A finales de 1962 fue enviado a Roma a estudiar teología y se ordenó como sacerdote en 1966. Eso quería desde niño: ser carmelita, ser sacerdote y estudiar latín. Y lo logró. Además de que lo enseñó como una lengua viva, con reconocida fama mundial. Por eso, como él mismo contaba, explotó en un estruendoso “certissime” (hablaba así, con estruendos), cuando le preguntaron si quería trabajar como traductor en la sección de Letras Latinas de la Secretaría de Estado del Vaticano.

Traducía al latín las encíclicas, los nombramientos y los documentos emitidos por Roma. Al fin y al cabo, el latín era (¿lo es todavía?) el idioma oficial de la Iglesia. Fueron cuarenta años. Cuatro Papas: Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI. Pero su mayor gloria, su más esplendorosa hazaña fueron los 28 años en que regentó la cátedra de latín en la Universidad Gregoriana de Roma. Más concurridos eran, por supuesto, sus famosísimos cursos de ocho semanas en verano, “Aestiva Romana Latinitas”, que impartía gratis en sitios históricos de Roma o sentado con sus alumnos en cafetines y en las arborizadas villas de la ciudad eterna en la que se murió el latín.

Ante el cadáver exquisito del latín (que eso, me perdonan, sigue siendo el latín para la iglesia) hablaré en otra ocasión de su estilo y método para enseñar la inmortal lengua muerta (“ad mentem Reginaldi rationemque”, rezan sus textos de enseñanza), su bronca amabilidad y su inofensiva rebeldía. Requiescat in pace frater Reginaldus, el último latinista. “The last of the mohicans ” (el último mohicano del latín), para usar el título de la clásica novela de Fenimore Cooper sobre la tribu que todavía sobrevive en ese estado de Wisconsin donde él nació y murió

Porque entre varios ojos vemos más, queremos construir una mejor web para ustedes. Los invitamos a reportar errores de contenido, ortografía, puntuación y otras que consideren pertinentes. (*)

 
¿CUÁL ES EL ERROR?*
 
¿CÓMO LO ESCRIBIRÍA USTED?
 
INGRESE SUS DATOS PERSONALES *
 
Correo electrónico
 
Acepto términos y condiciones
LOS CAMPOS MARCADOS CON * SON OBLIGATORIOS

Datos extra, información confidencial y pistas para avanzar en nuestras investigaciones. Usted puede hacer parte de la construcción de nuestro contenido. Los invitamos a ampliar la información de este tema.

 
RESERVAMOS LA IDENTIDAD DE NUESTRAS FUENTES *
 
 
INGRESE SUS DATOS PERSONALES *
 
Correo electrónico
 
Teléfono
 
Acepto términos y condiciones
LOS CAMPOS MARCADOS CON * SON OBLIGATORIOS
Otros Columnistas