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Por ENRIC GONZÁLEZ

La política no es incompatible con la decencia. Pero se aviene mal con ella. En general, los políticos decentes duran poco. Un gran ejemplo es Pierre Mendès France, el hombre más honesto, valiente e inteligente de la posguerra francesa. Nació en 1907 en una familia de judíos sefardíes, se doctoró en Derecho, ingresó en el Partido Socialista Radical (centroizquierda), se unió al Frente Popular de Léon Blum y, cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, se alistó en la Fuerza Aérea. Cayó prisionero. Logró huir y llegar al Reino Unido, donde se sumó a la Francia Libre de Charles de Gaulle.

En 1954, Mendès France formó un gobierno con apoyo de los comunistas cuyo objetivo esencial consistía en abandonar la guerra de Indochina. Es decir, rendirse. Lo hizo y empezó la tormenta. Los obispos le acusaron de haber abandonado a los católicos vietnamitas en manos del comunismo. El joven diputado Jean-Marie Le Pen dijo sentir “repugnancia física” por ese “judío enemigo de la patria”.

Mendès France siguió haciendo lo que había que hacer. Negoció la independencia de Túnez, retiró las fuerzas francesas de Marruecos y se dispuso a afrontar la peliaguda cuestión de Argelia, la gran “provincia” francesa de ultramar. Entretanto intentó llevar adelante la Comunidad Europea de la Defensa, el embrión de un mecanismo para la cooperación militar con los alemanes, pero a la Asamblea Nacional eso le pareció escandaloso. En 1957 propuso abiertamente la independencia argelina. Cayó el gobierno, cayó la Cuarta República y Charles de Gaulle asumió el poder con un nuevo régimen presidencialista. En 1962, tras una guerra atroz, De Gaulle pactó una retirada vergonzante y una independencia que nació marcada por la violencia previa.

En mayo de 1968, Mendès France fue uno de los pocos políticos moderados y veteranos que respaldaron la revuelta estudiantil y obrera. Casi siempre tuvo razón. Y casi siempre pagó por ello. Millones de franceses le consideraron un traidor.

La política, decíamos, tiende a expulsar a este tipo de gente. Quizá la política no privilegie la mentira (esto lo escribo porque hay excepciones), pero sí la promesa demagógica, el sectarismo y la irresponsabilidad. En situaciones de crisis, una gran parte de la ciudadanía se ve enfrentada a opciones desmoralizantes. Pongámonos en Argentina, por ejemplo. Un tercio del electorado quiere que siga Mauricio Macri y un tercio del electorado quiere que vuelva Cristina Fernández de Kirchner. ¿Y el otro tercio? Ambas figuras le horrorizan. Ese es un drama de los sistemas presidencialistas. En un sistema parlamentario como el español suele abrirse algún refugio, algún nicho donde depositar un voto que puede resultar estéril pero evita sentirse avergonzado. Es una ventaja cuando falla incluso el tradicional sistema de votar contra alguien.

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