A los vagos o patos de Junín de los años sesenta nos embolataron el centro. Lo certifica esa reencarnación al revés que es la nostalgia.
El viejo centro es carne de historiadores, materia prima de paleontólogos todavía en pañales. O de biógrafos gráficos como Óscar Botero y sus muchachos de la Fundación Viztaz.
Los árboles del caos no dejan ver el bosque donde los engominados muchachos de antes conseguíamos novia, esposa, hacíamos amigos. O redistribuíamos el ingreso con algún carterista. Robaban con elegancia, casi que disculpándose.
La calle era para el hombre. Hoy es para quien logre sobrevivir en esa jungla donde impera una áspera trinidad: inseguridad, contaminación, hacinamiento.
No va más ese Junín, la joya de la corona del centro que...