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Publicado el 02 de diciembre de 2019

En China: Cárceles 5.0

Por Ana Fuentes

@anafuentesf

Gracias a una filtración valiosísima y a reporteros que han investigado mano a mano en varios países ha salido a la luz una de las mayores miserias de nuestro mundo hoy: los centros de reeducación de Xinjiang, donde el Gobierno chino retiene a millón y medio de personas. Son musulmanes de la minoría étnica uigur, el combo más penoso en cualquier control policial.

Los documentos añaden textura a algunos hechos que ya conocíamos: se separa a las familias, la gente desaparece durante años sin haber cometido ningún delito y solo puede “reinsertarse” tras cumplir un plan diseñado por el Partido Comunista.

Los China Cables dan fe del control que ejerce Pekín gracias al big data y la inteligencia artificial. Sin embargo, más allá de informar a la sociedad occidental y de ser un gran trabajo periodístico, es poco probable que consigan que China se mueva ni un milímetro.

Pekín ya no puede negar la existencia de los centros, como solía, pero insiste en que allí forman a los uigures para evitar que se radicalicen y que les capacitan para buscar trabajo. No hablan de educar al conjunto de la población china para que deje de discriminarlos. Con ese argumento, las autoridades se blindan hacia el interior, porque a la gente le llega que hay un problema de terrorismo que atajar, y hacia el exterior, porque ¿qué país va a meterse en un asunto interno de seguridad nacional?

Estados Unidos tiene poca autoridad moral para hablar de espionaje o respeto a los derechos humanos, y a eso se agarran los chinos en sus medios oficiales. Estos días la propaganda está desatada. Habla de un complot de medios occidentales para contener a China, de geopolítica disfrazada de lógica humanitaria. Es una retórica gastada, sin datos, habitual en los políticos que no quieren dar explicaciones, no solo en el país asiático. China empieza a usar la coletilla de Trump: “Esto son fake news”. Y, como en otros lugares, el discurso victimista aviva el nacionalismo. Los chinos aguantan el chaparrón mediático porque saben que pasará, y porque tienen cada vez más aliados.

El verano pasado, 22 países, incluida España, dirigieron una carta al presidente del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en la que le exigían a China que dejase de hostigar a los uigures. Fue un paso, pero no llegó nunca a declaración o resolución, como pedían las organizaciones de derechos humanos, por miedo a que China retirara inversiones o dejase de comprar deuda.

Menos de una semana después, Pekín consiguió que 37 países, entre ellos Arabia Saudí y Rusia, respondiesen con otra carta apoyando las “medidas antiterroristas y desradicalizadoras” en Xinjiang. China tiene hoy en Naciones Unidas a más miembros a favor que en contra de su modelo político.

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