No hay dolor más grande en la vida que perder a un hijo. Lo sé porque conocí a Manuel Oliver y Patricia Padauy, los padres de Joaquín Oliver, que el pasado 14 de febrero fue asesinado en su escuela junto a otros 16 estudiantes y maestros.
Me recibieron en su casa, apenas a unos minutos del lugar de la tragedia. Las fotos de Joaquín, con las puntas de su pelo divertidamente pintadas de amarillo, estaban ordenadas en la pared de la sala. La ironía es que la familia se había ido de Venezuela en el 2003 buscando seguridad y ahora, aquí, estaba de luto por su hijo.
Joaquín tenía 17 años de edad. Era generoso, carismático y deportista —jugaba basquetbol— y la noche anterior a su muerte salió con su papá para comprarle flores a su novia. Era una de las...