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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 03 de enero de 2016

En medio de nosotros

Jesús fue un hombre del pueblo. No pertenecía al grupo de los sacerdotes, letrados y académicos. No tuvo tierra ni casa, “los zorros tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. No estaba en los círculos de poder. No permitió que posesiones, jerarquías o vestidos lo separaran de la gente. Todo su tiempo era para los niños, los enfermos, las víctimas, las mujeres sometidas a la injusticia. Los relatos de la infancia que leemos en la Navidad lo ponen en vulnerabilidad total al lado de nosotros cuando desaparecen las apariencias con que tomamos distancia.

Nace de una joven sencilla que tiene que desplazarse embarazada a Belén, donde nadie la recibe, su cuna es una comedero de animales y pudiera ser la cuna de cartón bajo un puente de Medellín, su primeros visitantes son pastores pobres de la noche, despreciado en Israel, que reciben la noticia; al poco tiene que huir como víctima amenazada que no tiene guardias privados que le protejan ni una mansión para refugiarse, y huye como los 6 millones de desplazados. Como nosotros va a pasar por tentaciones, preguntas sin respuesta, incomprensión de los amigos y de la familia, traición, fatiga, abandono y muerte. Busca en el silencio de las noches la paz de la oración para retomar el día al lado de la gente. La escritura trata de decir en pocas palabras lo que pasó con él: es Emmanuel, es el Amor definitivo: “lo hemos visto en él con nuestros ojos, lo que hemos oído, lo que hemos tocado”. Su propia gente no entendió que esa cercanía humana desconcertante pudiera ser la manifestación del misterio de Dios. Muchos no lo recibieron.

El Evangelio de hoy lo dice en tres palabras: “acampó entre nosotros”, puso su tienda de campaña en la mitad de nuestro campo. Llegó para ser compañero en los problemas existenciales, sociales y medioambientales nuestros. Porque son situaciones de las personas, los pueblos y la vida, que requieren que nos pongamos en medio de ellos para vivirlos en su perplejidad, en sus frustraciones, en su fragilidad, dolor e ilusiones, para escuchar allí lo que dice el Espíritu.

El mensaje es directo para quien quiera seguir a Jesús en este 2016 que comienza. Estar cerca. Dejar caer las distancias que nos separan de la gente y de la Tierra que somos. Vernos iguales con los habitantes de las comunas y con los campesinos, para arriesgarnos a construir juntos en el respeto a nuestras diferencias.

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