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En política, las disculpas son para perdedores

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Por Cass R. Sunstein

Suponga que una figura pública ha dicho o hecho algo que muchas personas consideran ofensivo, escandaloso o despiadado -por ejemplo, mentir sobre su servicio militar o insultar las creencias religiosas de otros. ¿Debería pedir disculpas?

Supongamos que su meta no es ser buena persona, sino sólo mejorar su posición - aumentar la probabilidad de ser elegido, ser confirmado por el Senado o mantener su empleo.

La evidencia reciente coincide en una respuesta simple: una disculpa es una estrategia riesgosa.

Un ejemplo de ello, ahora recibe una reconsideración como resultado de un informe reciente en The New Yorker sobre las acusaciones contra Al Franken. En respuesta a reclamos de contacto físico inapropiado con varias mujeres, Franken, entonces miembro del Senado, se disculpó públicamente. Pero la disculpa no pareció hacerle mucho bien, y podría haber avivado algunas llamas. Poco después de disculparse, se vio obligado a renunciar.

La experiencia posdisculpa Franker podría no ser tan excepcional. Según encuestas recientes que he conducido, las disculpas no aumentan el apoyo hacia las personas que han dicho o hecho cosas ofensivas.

Usando el Mechanical Turk de Amazon, un servicio que permite encuestas rápidas, presenté cuatro escenas distintas a cuatro grupos, cada uno diverso demográficamente y con unas 300 personas. Aquí están:

— Suponga que un nominado para fiscal general dijo hace algunos años: “Los gays y lesbianas están violando la voluntad de Dios. El matrimonio debería ser entre Adán y Eva, no entre Adán y Esteban.”

— Suponga que un candidato presidencial dijo hace algunos años “A las personas que quieren prohibir el aborto no les importan las mujeres”.

— Suponga que un nominado a secretario de Estado dijo hace unos años “Creo que EE.UU. debería pedir disculpas por las muchas cosas terribles que ha hecho en el mundo”.

— Suponga que un candidato presidencial ha sido acusado por varias mujeres de tocarlas de manera inapropiada - de acercarse demasiado a ellas, abrazarlas demasiado, abrazarlas por mucho tiempo. Algunas de las mujeres dijeron que se sintieron violadas.

En los cuatro casos, a los participantes se les solicitó que supusieran que el funcionario público pidió disculpas por las declaraciones o el comportamiento en cuestión, y preguntó si la disculpa haría que fuera más probable que lo apoyaran, menos probable, o ni menos ni más probable de apoyar a la figura pública.

En cada escenario, el porcentaje de personas que se inclinaron menos hacia apoyar al infractor fue mayor que el porcentaje que se inclinó a hacerlo.

En el caso del nominado hipotético que atacó a los matrimonios entre personas del mismo sexo, 37 % dijo que estarían menos inclinados a apoyar al nominado que pidió disculpas; 22 % dijo que se vería más inclinado; 41 % dijo que ninguno de los dos casos.

En el caso del aborto, 36,5 % dijo que estaría menos inclinado a apoyar al nominado que pidió disculpas; 20 % que se vería más inclinado; 43,5 % que ninguno de los dos casos. En el de quien sería el secretario de Estado, 41,5 % dijo que estaría menos inclinado a apoyar al nominado que pidió disculpas; 23 % que se vería más inclinado; 35,5 % que ninguno de los dos casos.

En el contacto inapropiado, 29 % dijo que estaría menos inclinado a apoyar al nominado que pidió disculpas; 25 % que se vería más inclinado; 46 % que ninguno de los dos casos.

Estos descubrimiento van de acuerdo con trabajos anteriores desarrollados por Richard Hanania, un investigador de la Universidad de Columbia, quien descubrió que disculpas por parte de figuras públicas no ayudan y hasta pueden resultar contraproducentes.

¿Por qué es eso? Es difícil decir con certeza, pero una razón puede ser que una disculpa es como una confesión. Hace que las malas acciones sean más notables. Puede hacer que la gente piense: “Pensamos que era un imbécil; ahora sabemos que lo es. ¡Lo admite!

El presidente Trump, por ejemplo, es reacio a pedir disculpas, por cualquier cosa, y sus partidarios parecen adorarlo por eso. Cualquiera que sean sus efectos, las disculpas podrían ser obligatorias en el sentido moral. Como en la vida común, así es en la política: es posible que sean una forma de mostrar respeto a quienes han sido ofendidos o maltratados, y de reconocer su dignidad fundamental.

Pero el punto básico permanece. Como una cuestión de simple estrategia, es posible que las disculpas no sean una gran idea. A veces es más sabio para las figuras públicas permanecer calladas - o cambiar el tema .

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