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Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 24 de diciembre de 2018

ENTRE EL HOLLÍN Y EL DESPILFARRO

Hacia el año 2007 el entonces alcalde de la ciudad libró un tozudo debate con la comunidad y, tras imponer sus caprichosas ideas, dispuso la construcción de 208 pirámides de adoquines llenas de colores que engalanaron el separador de la Avenida Oriental en el centro de la Ciudad, luego de cortar buena parte de los árboles allí existentes; ese superfluo gasto de 970 millones de pesos se justificó, una y otra vez, con el argumento según el cual esa obra era necesaria para disciplinar a miles de ciudadanos en el uso de las cebras peatonales.

Ahora, con el embaucador lema según el cual “Medellín tiene que ser un jardín para la gente” y de la mano del proyecto denominado “una Medellín verde para vos” (creación de cegarras publicistas que, en vez de apelar al buen uso del castellano, acuden al idioma vulgar de la calle), esas pintorescas moles de concreto -que mucho disfrutaban algunos- empiezan a ser reemplazadas por 308 árboles: 192 en el corredor central y 116 más en los andenes. En total, se anuncian 63.330 habitantes verdes nuevos (entre árboles y “especies bajas”) y se promete arborizar 2.3 kilómetros entre la calle Los Huesos y el deprimido de la Oriental, con un área a intervenir de 7.750 metros cuadrados, para que aparezcan ceibas, guayacanes floridos, cascos de vaca, ébanos y palmas.

Según el socorrido discurso ecologista de los restauradores la temperatura bajará en dos grados, mejorará la calidad del aire, habrá menos ruido y se construirá “un gran corredor verde”; por ello, el administrador de la cosa pública que tiene toda la ciudad rota (como ya es frecuente cada cuatro años cuando se acercan las elecciones), durante seis meses que ya transcurren, se gasta allí la no despreciable suma de ocho mil millones de pesos sacados de los bolsillos de los contribuyentes.

Por supuesto, quien de forma desprevenida y con algo de memoria mire estos fenómenos podrá captar la incoherencia en el manejo de las políticas públicas; también, percibirá una infame dilapidación de los recursos y, lo más grave -cuando se piensa en términos del control que debe ejercerse sobre la actividad de los servidores públicos-, comprobará la notable falta de eficiencia y eficacia en el gasto de los fondos del erario. Estos últimos se han convertido en la caja menor de los administradores de la metrópoli quienes hacen con ellos lo que les viene en gana; los ejemplos abundan a granel.

Es más, con esos elementos de juicio se puede concluir que solo bastaron diez años para ordenar plantar los árboles que, ayer, otro decidió talar; y, añádase, tampoco se entienden las razones por las cuales una estructura valorada en cientos de millones de pesos salidos del tesoro público y que, bien o mal, con su bello toque artístico le dio una nueva cara a esa congestionada vía, es demolida y tirada a la basura.

Así las cosas, quien compare la ciudad de hoy con la de hace cuarenta años podrá ver cómo ella crece y se desordena, gracias a construcciones deformes y mal planificadas (crímenes urbanísticos que a nadie interesan); además, podrá percibir la idolatría por los casinos y los burdeles que dan la cordial bienvenida a miles de extranjeros ávidos de sexo y drogas ilícitas. La urbe, pues, como diría el gran poeta Gonzalo Arango, apesta a hollín y gasolina y se arrodilla ante los becerros de oro; nada importa que, una polución incontrolada y asfixiante, de forma lenta pero muy segura, construya una cripta colectiva para millones de personas y los pájaros y las ardillas desaparezcan, en medio del poco verde existente.

En fin, el “jardín para la gente” pregonado por el actual burgomaestre parece solo una dócil figura retórica que anuncia más derroche; los adultos con su lógica enferma solo piensan en las cifras no en las cosas esenciales, como diría Antoine de Saint-Exupéry en “El Principito”.

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