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Ricardo Mejía Cano
Columnista

Ricardo Mejía Cano

Publicado el 11 de mayo de 2020

Entre el más acá y el más allá

Aunque había muerto hacía un par de milenios, Mao trató de matarlo. Siempre resucitaba. Igual hicieron un par de gobernantes siglos y milenios antes: ¡Pero resucitaba!

Su padre, como funcionario del gobierno, dio a la familia una calidad de vida mejor que la de los habitantes del pueblo. Con apenas 3 años cumplidos murió el padre y la familia se fue derecho a la pobreza.

Siendo de estirpe noble, se vio forzado a estudiar en colegios públicos y trabajar en las casas de los nobles limpiando, cuidando caballos y como contador. Su disciplina y deseos de aprender lo llevaron a formarse en las seis artes, que cualquier joven noble debía dominar: los rituales, caligrafía, música, escritura, matemáticas, manejo del arco y de carros de guerra. Los aurigas chinos existieron mucho antes que los romanos.

Las luchas entre los aristócratas por el poder y la violencia que se desató le llevaron a pensar que sólo con paz se podía lograr el progreso. Abrió un colegio y empezó a difundir su filosofía. Sus enseñanzas se hicieron famosas y fue nombrado ministro del gobierno. Aplicó con éxito su filosofía, pero las intrigas y rencillas le hicieron destituir. Se dedicó de lleno a difundir sus enseñanzas.

Antes que Sócrates, Platón y Aristóteles, ya era el filósofo de mayor renombre universal, en ese universo fragmentado, lleno de misterio e incógnitas.

Su legado no fue propiamente una religión, porque no hay un dios alrededor de sus prédicas. Sin embargo, tiene muchas similitudes con las enseñanzas de Cristo. Pero las diferencias marcan la gran diferencia.

Para el cristianismo todos nacemos pecadores y nuestras vidas deben ser un proceso de purificación, para poder gozar del más allá. Para el confucionismo el hombre nace bueno y con educación, liderazgo y buen ejemplo se puede alcanzar el bien y vivir en paz: “La tendencia del hombre hacia el bien, es como la tendencia del agua a fluir hacia abajo”.

Para el cristianismo la única fe valida es la de Cristo. Para el confucionismo todas las religiones son expresiones válidas y no debería existir conflicto entre ellas.

Los principios de Cristo fueron transmitidos directamente por Dios, mientras que los de Confucio son fruto de sus propias reflexiones y las de otros muchos académicos y sabios que él estudió.

La principal preocupación de Confucio era lograr en la China de su época una sana convivencia y confiaba que una sociedad formada en el respeto y la tolerancia podría alcanzar grandes mejoras en equidad y progreso. Las personas debían vivir en armonía y promover el buen gobierno y la educación y ser buenos miembros de familia. Para el cristianismo siempre ha sido más importante la vida eterna que la terrena.

Para Confucio la educación debía preparar al hombre para la vida y de ninguna manera se debía politizar. Mao por el contrario vio en la educación un instrumento para promover la lucha de clases y para tener éxito borró el confucionismo. Fueron los años de mayor atraso de la China. Por fortuna vendría luego Deng Xiao Ping, quien restableció las enseñanzas del famoso filósofo y China ingresó de nuevo en una era de progreso.

Nos es fácil entender cómo y en qué momento pasamos en Colombia de las enseñanzas de los misioneros cristianos de la época de la colonia a las ideologías de Fecode. En ambos casos se ha dado mayor importancia a los dogmas que a enseñar las causas de la evolución y cuáles son los motores del progreso. Para Confucio esto último tendría que estar enmarcado en el respeto al ser humano y la naturaleza.

Confucio pensando en el más acá, puso a China en el más allá; nosotros pensando en el más allá, tenemos a Colombia en el más acá.

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