A ningún funcionario debería felicitársele porque está cumpliendo su deber. Es lo que le corresponde. Para eso se presume que ha sido nombrado o elegido. Cuando se posesiona, lo que debería ser con discreción y sin ceremonias sociales rimbombantes, hace un juramento que lo compromete. Pero en el país actual son cada día menos frecuentes los casos de servidores públicos destacables por efectuar una tarea ejemplarizante. Abundan los individuos mediocres que no pueden soportar la carga de una medalla ni una condecoración más, que no merecen. Por causa de una tradición ridícula de clientelismo y lambonería, se activa una potente máquina laudatoria que los ahoga en incienso y los abruma con homenajes de ahijados y favorecidos.
Con todo, cuando surge...