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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 29 de diciembre de 2016

ESPERANZA DE 2017

En el año que terminó a la paz se la tragaron la política y los intereses que dominaron el plebiscito; porque quienes debían haber llenado el campo de lo ético dejaron el vacío que fue ocupado por la lucha por el poder.

La esperanza es un 2017 distinto. En el que lleguen por fin, para un acompañamiento espiritual, las mujeres y los hombres de los valores gratuitos de la paz y de la reconciliación, por encima de la política, del dinero y de las armas que no conocen de gratuidad.

Sin este acompañamiento eficaz desde los primeros meses, la situación será peor que la del año que termina. Porque la política y la justicia, en la autonomía que les es propia, no pueden descartar el discernimiento ético, cuando está en juego el sentido de una nación. Y este discernimiento les tiene que venir desde una dimensión más profunda.

El acompañamiento espiritual esperado tiene que actuar en el espacio peligroso de lo ético, con una autoridad moral que solamente se da cuando los que la ejercen entregan la vida a todo riesgo. Como lo establece sin ambages el Evangelio: “Los envío como ovejas entre lobos rapaces”. En medio de descomunales intereses y violencias. “A ustedes los entregarán a los tribunales, los azotarán en templos y sinagogas” e “incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios”.

Este es el espacio que ha de ser llenado en 2017 por personas movidas por una causa mayor que los partidos, las cátedras, gerencias, puestos clericales u Ongs. De lo contrario, en el vacío ético, la paz y la verdad y el dolor de las víctimas serán dominados por la campaña presidencial hasta los efectos desgraciados que este país conoce.

El desafío para la Iglesia Católica y las demás confesiones y para mujeres y hombres que movidos moralmente en conciencia y entre los que hay también quienes lo entienden así desde la política, es ejercer la responsabilidad de un acompañamiento espiritual unificado, audaz y convocante. Que se ponga por encima de las ambiciones de poder y de sus personajes, que dé una seguridad ética superior a la insatisfacción institucional del momento, que plantee que la reconciliación es difícil, pero vamos por ellas. Que esté llevado por la compasión ante el sufrimiento, por la búsqueda de la verdad, por la determinación de no permitir la impunidad de ningún lado. Que decida ir con las comunidades en la paz territorial.

El Papa Francisco fue claro desde el principio. “Este proceso de paz no puede volver a fracasar”, nos dijo. E invitó a Roma a los dos jefes de la política, no para un acuerdo, sino para situarlos en la perspectiva que establece el acompañamiento ético; y hacerles sentir que hay un horizonte más grande, el de la causa del ser humano, que es la pasión del Dios de Nuestro Señor Jesucristo y de las mujeres y los hombres que luchan por la dignidad.

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