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Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 13 de enero de 2020

Este dolor por tí, Australia

Cuando caminaba de la infancia a la adolescencia, hice mi primer viaje imaginario a tus planicies desérticas, Australia, en el V8 de Persecución de Mad Max, el guerrero de la carretera. Las dos primeras películas de esa serie a la que muchos jóvenes rendimos culto aparecieron en 1979 y 1981. Fueron rodadas en Victoria y Nueva Gales del Sur, hoy consumidas por incendios de visos apocalípticos.

Eran las historias de un mundo caótico amenazado por pandillas de motociclistas y automovilistas, pendencieros y saqueadores, que asolaban villas y se peleaban después por tu territorio, donde escaseaba el combustible.

También he “viajado” otra veintena de veces a tí, “desconocido continente del sur”, en los documentales de Discovery Channel y Nat Geo, a recorrer las llanuras de los dingos (perros salvajes) y los ríos y ciénagas atestados de cocodrilos de cuatro y cinco metros. En otro par de expediciones a través de la pantalla casi alcancé a tocar los koalas y canguros, tesoros tuyos, país salvaje e inhóspito. Y cómo olvidar cuán escasa era la lámina del ornitorrinco en el álbum de la infancia. Australia: paraíso virgen de la Gran Barrera de Coral y de muelles coloridos en Buscando a Nemo, que luego vio mi hijo. Además, me suenas a AC/DC y Men at Work.

En los últimos 10 años recobré otros retratos tuyos, Australia ignota, en la película con tu mismo nombre protagonizada por Nicole Kidman y Hugh Jackman, salidos de tus tablas. Allí aparecían los aborígenes legendarios y sus mitos. Nativos que Charles Darwin descubrió “bienhumorados y agradables” en la búsqueda de El origen de las especies.

Una reciente y repetida visita, Australia, ha sido a la Ópera de Sidney, en YouTube, para escuchar a Pavarotti cantando La Traviata junto a Joan Sutherland, tu portentosa soprano fallecida en 2010.

Saber que han muerto mil millones de animales fascinantes y únicos, que todo Nueva Gales del Sur es hoy un mundo asolado por las llamas, que hay miles de seres humanos impotentes viendo humear los esqueletos de sus ranchos en aquel desierto de colinas ralas y rojas, ríos majestuosos y pequeños bosques, como oasis, hace arder el corazón. Tu territorio misterioso, de serpientes y arañas letales y escondidas, achicharrado por el soplete de un clima loco.

El último tiquete lo gasté en la memoria del primo Darío, recorriendo las naves de la Catedral de Sidney, cuando sus cúpulas no apuntaban a este cielo salpicado de cenizas y aves desesperadas. La bóveda azul de un verano plagado de muerte y destrucción, país colosal que intentas apagar el infierno y devolver el pasto a tus fieras.

Esta tragedia nos ensombrece, incluso sin haber podido pisar tu suelo y recorrer tus entrañas, Australia.

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