La realidad viaja sobre tortugas; los sueños, sobre águilas. La realidad es terca, no se deja sobornar por los adolescentes ni por los incendiarios. En cambio los sueños se desbocan en su ímpetu hacia los astros.
En la tensión entre estos dos impulsos se construyen los siglos. Los apoltronados custodian la estabilidad de las cosas como están hechas. Los apasionados se preguntan por qué están hechas así, y pretenden cambiarlas a la velocidad de su visión.
Ni unos ni otros pasan la vida conformes. Al contrario, el sobresalto es la ley; el contratiempo, es la dura regla. Cada bando cuida su espalda para que el otro no lo asalte con sus furias. Pero ambos en el fondo de sus intuiciones reconocen la debilidad de los esfuerzos.
Así avanza, sin avanzar,...