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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 02 de septiembre de 2020

Eternidad no tan eterna

Hace una semana el caricaturista argentino Tute publicó la clásica nube sobre la que un individuo lechoso, de aureola y arpa, lloriquea así: “Se hace largo eso de la eternidad”. El bienaventurado se refiere, claro está, al sin tiempo de las cuarentenas virales. Hoy, una vez levantada por decreto la anormalidad colectiva, las gentes cavilan acerca de los pasos siguientes.

La pospandemia es el ámbito de lo desconocido. Las fuerzas del miedo no se dejan expulsar sin antes mordisquear trozos de la placidez general. Un avezado escalador ecuatoriano difunde un discurso siniestro sobre el elenco de sus colegas de cordada que murieron en el descenso del Everest. La bajada es más peligrosa que la subida, advierte, y saca una moraleja obvia y perentoria, como todas las moralejas: tras el pico de la peste, vendrá el rebrote.

Los insidiosos agitan la lista de los muertos del día, difunden imágenes con aglomeraciones de inminentes condenados. Pululan, acosan, expulsan su saliva aterrorizante como si de ello derivaran una satisfacción sádica. Pretenden eternizar la caduca eternidad de Tute.

Esta campaña demuestra hasta qué rincones de la mente logró inmiscuirse el miedo, como silogismo predominante de los gobiernos y los medios de comunicación. En efecto, buena parte de los ciudadanos hicieron suya la convicción de que la ponzoña letal cobró omnipotencia y ubicuidad.

El efecto de semejante introyección es realmente funesto. El terror insuflado, sostenido y ahora extendido más allá de sus límites pandémicos, echa por tierra el ánimo de muchos. De rebote hace caer las defensas del sistema inmune, esa coraza natural con que cada cual se protege de alimañas exterminadoras.

Más que de cacarear tanto con los protocolos de bioseguridad y con las vacunas que buscan conejillos de indias en varios países, las autoridades deberían ocuparse de fortalecer esa autoinmunidad de los ciudadanos.

La buena conciencia, el ejercicio y respiración al aire libre, el alimento cultural, la tertulia con precauciones, las formas del amor, serían armas de poderío contra el coronavirus. Estos múltiples componentes del contento deberían ser puestos en primera línea para que la eternidad no sea tan eterna. A continuación, ahí sí, vendría la palabrería del tapaboca, del lavado de manos ajadas y de los dos metros de apartamiento entre semejantes.

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