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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 23 de septiembre de 2020

Excavación a los cimientos

En la remota antigüedad la guerra servía a quienes no conseguían sus objetivos mediante la razón. Esa época antigua no se mide en siglos sino en maduración de la conciencia de la humanidad. Por eso aquella remota antigüedad pudo haber sucedido escasamente de tres decenios hacia atrás.

En efecto, cuando terminó la Guerra Fría y los botones nucleares no fueron más el capricho de los mandamases de las superpotencias, el mundo se abrió a otras dimensiones. La nueva álgebra podría resumirse así: la violencia dejó de ser la partera de la historia, como lo había sido por milenios, y la verdadera fuerza viene ahora de la inteligencia.

Colombia demoró un cuarto de siglo para entrar en el moderno canon. Luego de cinco siglos de desangre a punta de lanza y fusil, el Acuerdo de Paz con las Farc alcanzó a equivaler al cuervo que pregonó el fin del diluvio universal. La ilusión no duró mucho, el país se asomó apenas a lo que pudo haber sido y no fue.

Otra vez retumbaron las armas, disparadas desde motocicletas en los campos o contra marchantes en ciudades. Unos acusan a otros de formar colectivos maduristas, otros contestan grabando videos de uniformados que apuntan a la cabeza de los alarmados navegantes de redes.

Desde ambas trincheras se advierte la necesidad de la reyerta, o para conservar el poder o para apoderarse de él. ¿Qué hizo falta en los acuerdos de paz? Más allá del esclarecimiento de la verdad, los bandos eludieron la nítida autocrítica a los mandamientos de la guerra. No bastaba dejar los fusiles, era necesario castigar las ideas criminales. No bastaba prometer reforma agraria, se imponía el abandono del catecismo asesino.

De un lado y del contrario se careció de grandeza. Porque renunciar a una doctrina y costumbre que impone la eliminación física del contrario es una grandeza. Deponer la convicción cruenta significa entregarse a las ideas, más que a la ley del más fuerte. Creer en el pensamiento es confiar más en las palabras y la conversación, que en las pistolas.

Colombia requiere una honda excavación hasta los cimientos donde se levanta el edificio de la nacionalidad. Una demolición de las paredes, columnas y cubiertas del odio, para reemplazarlas por fortificaciones que amparen la tensa pero fértil convivencia de ciudadanos libres, ingeniosos y mamagallistas.

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