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Publicado el 11 de noviembre de 2019

Facebook y la democracia

Por José Fernández Albertos

Hace dos semanas supimos en España de la existencia de una campaña en Facebook montada de forma opaca por personas vinculadas al Partido Popular y destinada a provocar que los votantes de izquierda no acudieran el pasado domingo a las urnas. Varios millones de usuarios de la red social estuvieron expuestos a esta publicidad política sin que supieran quién estaba de verdad detrás de esta iniciativa. El PP atribuyó los miles de euros invertidos a la iniciativa individual de las personas implicadas, mientras Facebook se defendió diciendo que ellos no juzgan el contenido de los anuncios de su plataforma.

Es un terreno muy pantanoso. Como reconoció el CEO de Facebook en la Cámara de Representantes de Estados Unidos hace unas semanas, la red social no puede garantizar que la publicidad de la plataforma no incluya información política falsa. De acuerdo con Zuckerberg, el filtrado de calidad de la información no lo ha de ejercer la empresa, sino la libre confrontación de ideas en democracia. Es un argumento problemático.

Primero, porque Facebook permite segmentar los anuncios a grupos de usuarios, lo que reduce la capacidad del supuestamente abierto y libre debate democrático de contrarrestar la información engañosa. Si mañana decido gastar mis ahorros en mandar anuncios a los pensionistas residentes en las zonas rurales de Castilla advirtiéndoles de un (falso) cambio en el sistema de votación en el Senado, ¿qué garantías tenemos de que esa gente tendrá acceso a información que desmienta mi publicidad y que desactive sus previsibles consecuencias electorales?

En segundo lugar, el modelo de negocio de Facebook descansa en tenernos enganchados permanentemente a la Red. Es por ello natural que privilegie la difusión de noticias sorprendentes y llamativas, aunque incluyan mentiras y bulos (o precisamente por ello). Difícil que la confrontación serena de ideas prospere en ese contexto.

Por último, Facebook actúa como un monopolio. Si no nos gusta, no podemos irnos a la competencia. No existe.

Regular la información política en las redes sociales no es fácil, pero no podemos mirar hacia otra parte. Mientras mantenemos regulaciones absurdas, no puede ser que deleguemos a una empresa privada y monopolística la capacidad de decidir sobre aspectos mucho más centrales para el funcionamiento de nuestras democracias.

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