En la mira del alcalde Federico Gutiérrez Zuluaga siempre estuvo un blanco: sacar al crimen organizado, en todas sus variantes y superestructuras, de la zona de confort. Era claro que no se trataba de una tarea fácil y, mucho menos, mansa.
Batallar contra grupos que llevan más de un cuarto de siglo enquistados en los barrios, incluida esa jurisdicción dinámica y chispeante que se llama Centro de Medellín, significaba una campaña que ocuparía cada día, mes y año de la administración. Eso, además, con los riesgos de seguridad que implica para él y algunos de los miembros de su equipo.
Apenas al comienzo del año ya sabía el alcalde de un difuso plan criminal contra su vida que la Fiscalía Seccional no le había “cantado”. También empezó a empaparse...