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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 31 de julio de 2021

Fragilidad

Cuán frágil es la vida, cuán cerca hemos tenido y sentido la muerte durante este año y medio de incertidumbre y cuán cerca la sentimos en estos días en los que socializamos de nuevo y la vida nos rodea y casi nos asalta y empuja a empellones en cada espacio frecuentado. En estas horas en las que cuando reconocemos unos ojos ansiamos los abrazos que hemos negado por temor al contagio, en estos días en los que el reencuentro es el rescate que nos salva del abismo de este tapabocas que nos cegó la expresión de tanto afecto.

En eso pensaba mientras extendía unos vestidos que son vestigios y testigos de otras vidas, en esta semana de la moda que es una tentativa del anhelado reencuentro entre la industria y la vida. Dicen que estamos de regreso, pero no deberíamos volver iguales. Estos meses que parecen años debieron haber sido de aprendizajes, de sumas, de carencias asumidas, porque uno vuelve pero debería aprender de sus errores y celebrar con dignidad los pequeños gestos que le permitieron sobrevivir al naufragio. Esos vestidos que les dije que extendía, son relatos de mujeres que las circunstancias de la vida, por azar, me entregaron en custodia.

El encaje deshecho, la talla, los guantes de cuero para salir a la calle o asistir a grandes galas, los textiles con colores, dibujos y diseños que evocan costumbres y hablan de cierto decoro, las marca de sudor, las señales de rubor apenas perceptibles, la polvera y el espejo que dormían ansiosos hace más de cincuenta años esperando el gesto de uno labios hambrientos de seducción o los sombreros, son testigos de un pasado de esta ciudad que partió en mil pedazos el fenómeno narco que alteró estética y costumbres. Esos trajes hablan la lengua desconocida de una cotidianidad que ya no existe, son las evidencias de años de hedonismo, seducción y luchas femeninas, son las postales del desencuentro social.

La fragilidad del lenguaje también está presente en esas evidencias culturales, palabras en desuso como envarillado, cachirula (mantilla de punto que usan las mujeres para cubrirse la cabeza) o desahabillé (prenda femenina que se usa al levantarse de la cama y antes de acostarse). Esas evidencias se despliegan ante mi cuando abro los papeles de seda que protegen el pequeño tesoro que dormía en esas cajas. Esos trajes me recordaron cuan gaseosa es la memoria almacenada en un archivo, en esta sociedad indolente que calla frente a la destrucción del patrimonio y de la vida y que tanto celebra la debacle.

Cada papel que abro protege las delicadas fibras textiles de su fin, es el envoltorio que aísla del mundo, es el cristal del vidrio que tantos oscurecen para creer que el otro no los ve o con el que pretenden negar el afuera que agrede y angustia. La luz es un puñal que rasga estos indicios.

Vuelvo a doblar y empacar los recuerdos que custodio, los expertos que me acompañan los catalogan y registran, la memoria está a salvo. Ingresarán a un museo que los conservará y garantizará su estado para que algún día se sepa que en esta sociedad no todo estaba destinado al desprecio y al olvido

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